Lacónicos: rizomas en blanco y negro

Aprovechando que el Centro Nacional de Cine de Japón conmemora en este 2017 el centenario del nacimiento del anime, he querido rendir un diminuto homenaje, mediante este vuestro humilde blog, a la que ha sido desde mi niñez fuente de gran dicha y gozo. Ay, un siglo de dibujitos chinos. Por lo que, a lo largo del año, iré dedicando alguna que otra entrada a celebrar este aniversario, inaugurando así nueva sección (otra, sí, qué pasa). Pero, antes de entrar en materia, lo primero es lo primero:

¡Feliz cumpleaños, anime de mi coração!

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Hace casi un año que brotó cual geranio silvestre la entrada Érase una vez… el anime, donde escribí un poco sobre sus orígenes y cómo apareció en Japón. También seleccioné cinco largometrajes que me parecen hitos dentro de la historia de los dibujos animados asiáticos, dejando ligeramente de lado sus auténticos primeros pasos: los cortometrajes. Me dejó con algo de mal cuerpo haberlos obviado, pero tampoco podía hacer una entrada eterna, por lo que decidí que más adelante me resarciría. Y en esas estamos. El post de hoy se encuentra dedicado a varias obras de animación pre-Tezuka. Los cortometrajes siempre gozaron de buena salud en Japón. Ya no solo fueron una evolución lógica de toda su rica tradición pictórica popular, sino el esfuerzo de una nación, recién abierta al exterior tras siglos de confinamiento, por modernizarse, estar a la altura y superar a otros países. Voy a procurar ser breve y no soltar mis habituales rollos macabeos. Si queréis más información o refrescar la memoria, podéis acudir a la entrada que señalo al principio.

Zakka_DVDcvr_Nov6aCreo que está bastante claro, pero aviso por enésima vez que solo soy una simple aficionada. De ahí que no haya podido ver todostodísimostodos los cortos nipones anteriores a los años 50. Es simple falta de tiempo y del propio material, claro, ya que no es tan fácil localizarlo (AQUÍ podéis acceder a bastante). Algunas obras directamente se han perdido, y solo nos quedan referencias o fotogramas sueltos. Una pena, así que me centraré en los que han caído entre mis manos. Las estrellas de hoy forman parte de la excelente recopilación The roots of Japanese anime-Until the end of II WW (2009), que fue el debut de Zakka Films, unos verdaderos héroes en el negocio. Los cortos seleccionados pertenecen a creadores que conformaron la que ha sido llamada Segunda Generación. Todos tienen la impronta de los Hermanos Fleischer y Disney, que eran la vanguardia durante esas décadas en la disciplina; y sus planteamientos son harto candorosos, con el sempiterno toque de humor de trompazo. En rigurosa monocromía. El grado de conservación resulta variado, ya que la degradación por el paso del tiempo ha sido inevitable. Ponerse quisquilloso con la calidad de imagen es estúpido, ¡algunos cortos tienen casi noventa años!, no obstante pueden disfrutarse sin problemas porque la restauración es más que decente. Y recordemos que nos encontramos frente a tremendos pedazos de historia, no son mero entretenimiento para quemar. Sin estos amiguitos de pintas y movimientos raros, camaradas otacos, no habría ni Nausicäa, ni Dragon Ball, ni Chihayafuru ni nada de nada. Pay your respects.

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Comenzamos con Yasuji Murata, uno de los pioneros en Japón de la animación por recortes o cutout junto a Noburô Ôfuji. No solo trabajó esta técnica, aunque sí destacó especialmente en ella. Murata desarrolló parte importante de su carrera en los estudios Yokohama Cinema, dedicándose sobre todo al terreno de la didascalia. Su público objetivo era el infantil, de ahí que muchas de sus obras supuren tanta ingenuidad y sencillez. Saru Masamune no es diferente del resto de su catálogo. Es un cortometraje mudo que solía representarse con la intervención de una orquesta clásica de kabuki y un katsudô-benshi. Los benshi eran narradores profesionales que daban vida a la película con sus interpretaciones. Figuras características e indispensables del cine mudo japonés.

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Saru Masumune cuenta la historia de un mensajero que, tras salvar la vida de una familia de monos que estaba siendo hostigada por un cazador, es recompensado con una extraordinaria katana de Masamune. Las espadas forjadas por este herrero de habilidades legendarias eran consideradas las mejores del mundo, y se creía que tenían poderes sobrenaturales. Para bien y para mal. Esta obrita sigue el patrón de los antiguos cuentos budistas, con pretensiones moralizadoras e instructivas. Perfecto para las audiencias más jóvenes. Y aunque la narración no es especialmente original, es su animación la que otorga verdadero encanto al conjunto. Salvo por algunos pequeños detalles, no me habría dado cuenta de que se trata de un cutout. Es tanta la precisión de los movimientos y la originalidad en la elección de planos, que podría pasar por una animación en celuloide. Muy curioso.

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Noburô Ôfuji fue uno de los animadores más prestigiosos del país, su pericia le valió reconocimiento internacional en festivales cinematográficos como los de Venecia o Cannes; y unos importantes galardones dedicados a la animación llevan su nombre. El ganador del año pasado de este premio fue Kono Sekai no katasumi ni o In this corner of the world de Sunao Katabuchi, por cierto. Ôfuji fue y es una figura trascendental en la historia de los dibujos animados de Japón. Era obligatorio que apareciera, y no solo una vez, en este The roots of Japanese anime – Until the end of WW II.

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Mura Matsuri

Mura Matsuri y Haru no Uta son dos piezas con aroma inequívocamente japonés. Ambas muestran momentos del calendario nipón significativos, como el festival de la cosecha y el florecimiento de los cerezos. Ambos son una delicada filigrana de chiyogami cuyo fin es acompañar dos canciones populares de la época, y resaltar los valores nacionales. Son muy breves, por lo que no debería extenderme mucho escribiendo sobre ellos. Me han recordado a los trabajos de mi amada Lotte Reiniger, como también he percibido la influencia de los Hermanos Fleischer un montón. Esto último era de esperar, no obstante. Creo que ambos cortos son la demostración de la increíble maestría de Ôfuji. Una técnica de kirigami depurada, minuciosa y elegante, que continúa asombrando todavía en la actualidad.

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Haru no Uta

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Este es mi cortometraje favorito de toda la recopilación. Sin lugar a dudas. También resulta el más marciano. No se sabe gran cosa sobre su director, Kiyoji Nishikura, excepto que colaboró más adelante con el gran Kenzô Masaoka en una de las animaciones para niños más sádicas que he visto jamás: Tora, el gatito abandonado (1947). Si os gustan los animalitos y sois masoquistas, disfrutaréis como puercos. Garantizado. Volviendo a Chameko no Ichinichi, se trata en realidad de una obra muda sobre la que se ponía música mediante un gramófono, procurando sincronizarla con la imagen. Y la composición que sonaba con este corto era el megahit infantil de la época Chameko no Ichinichi. Es una tonadilla compuesta varios años atrás, en 1919, pero que gustaba mucho a los niños. La versión que aparece aquí fue grabada una década después por la proto-idol Hideko Hirai, y fue un exitazo. Así que, ¿por qué no hacer una pequeña animación sobre ella? Y de esta forma nació la joya Un día en la vida de Chameko.

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Chameko no Ichinichi es, como indica el título de la propia canción, un día en la vida de una niña llamada Chameko. Comienza temprano por la mañana, con el canto del gallo y una vendedora ambulante de nattô anunciando su mercancía. La mamá de Chameko, una elegante señora en kimono, despierta a su hijita y esta se lava, viste, toma su desayuno, va al colegio, al cine… La rutina cotidiana de una muchacha de clase media japonesa en un medio urbano. Y ahí radica una parte de su interés, que es un documento vivo de su época con detalles muy vistosos. Es además un corto singular en otros aspectos, me sorprendió muchísimo encontrar publicidad por emplazamiento en una obra tan antigua, en concreto de la pasta de dientes Lion, marca que continúa existiendo, además.

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Kinue Hitomi

Nishikura también incorporó imagen real, plasmando uno de los orgullos deportivos del país: la atleta Kinue Hitomique ganó la medalla de plata en 800 metros durante las Olimpiadas de Amsterdam (1928). Fue todo un mérito porque no había entrenado jamás para esa categoría y decidió participar en el último momento, insatisfecha de sus resultados en otras pruebas. Esta damisela fue la primera mujer asiática en lograr algo semejante, y pulverizó records en Japón. Hitomi fue una deportista de gran talento que, por desgracia, murió de forma prematura a los 24 años a causa de una neumonía. Chameko no Ichinichi muestra sus numerosas victorias en los III Juegos Mundiales Femeninos, que tuvieron lugar en Praga en 1930. El director tampoco se cortó en estampar otro de los héroes populares del momento: el samurai Tange Sazen, que finiquita el corto rebanando pescuezos.

Chameko no Ichinichi goza de las ventajas de una técnica mixta, donde cutout, animación e imagen real se dan la mano. Si unimos a eso múltiples referencias cómicas y surrealistas, tenemos entre manos un producto para niños (porque iba dirigido a ellos) bastante extraño, incluso para estándares modernos. ¡Me encanta! Lo único que me molesta un huevo poco es la voz de Hideko Hirai. No comparto en absoluto esa adoración por las voces insoportablemente agudas que tienen los japoneses para la música.

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De nuevo Noburô Ôfuji a la carga, pero esta vez sin cutout o siluetas. Animación en celuloide y chiyogami combinados. Chinkoroheibei Tametabako quizá sea el corto que menos me ha gustado, aunque técnicamente es imaginativo y sorprendente. El protagonista de este relato es un animalillo mezcla de Félix el Gato y Mickey Mouse, con no muy buenas intenciones y sobrada osadía para llevarlas a cabo. Su nombre, Chinkoheibei; y lleva una vida despreocupada que destina a vaguear y hacer maldades. Un día, después de putear a una araña y a una tortuga, descubre en el fondo del mar una curiosa caja mágica. Esta caja se encuentra en el palacio del rey de los peces, y aunque ha observado desde la lejanía la extraordinaria magia que lleva a cabo, le es imposible acceder a ella porque no es una criatura del mar. Ni siquiera le dejan entrar al palacio. heibei.gif¿Ese obstáculo parará los pies del pícaro Chinkoheibei? Por supuesto que no. Desea hacerse con la caja maravillosa, e ingenio y mala sombra no le faltan. Como muchos cuentos infantiles con moraleja, Chinkoroheibei Tametabako resulta algo ramplón y simplote en el guion. Aunque bien pensado, ese inconveniente es lo de menos, porque este corto en lo que sobresale es en el apartado visual y técnico. La ambientación submarina está bastante lograda, así como las escenas de acción, excepcionalmente fluidas. Ôfuji fue un creador versátil y audaz, al que no le importaba experimentar ya que muchas veces lo acuciaba la falta de presupuesto. Hizo de la necesidad una virtud, y gracias a su talento logró poner en el mapa mundial la animación japonesa. Todo un soberano preludio de lo que unas décadas después sería el tsunami del anime.

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Kenzô Masaoka (1898-1988) es una de las figuras más importantes de la historia de la animación japonesa, a pesar de que casi nadie se acuerde de él o conozca la trascendencia de sus trabajos. Si Tezuka fue considerado “el dios del manga”, Masaoka se ganó en su momento el título de “Disney japonés”. Fue el introductor en el país de la animación con acetatos y el primero en crear un sistema de pre-grabación para hacer simultáneos los movimientos de la imagen con el sonido y la música. El estreno de la técnica tuvo lugar, precisamente, en este Benkei tai Ushiwaka. Sin Masaoka la todopoderosa Toei no sería tampoco lo que es en la actualidad. ¿Cómo puede ser eso? Pues siendo. Masaoka, ya retirado del oficio por problemas de vista, se dedicó a enseñar a otros animadores. Recopiló sus conocimientos y experiencias en un ensayo que Toei utilizó metódicamente como manual de formación para su nuevo personal. Y no solo eso, discípulos suyos que trabajaron en la empresa difundieron sus teorías y técnicas sobre animación. Teorías que siguieron vivas en creadores como Miyazaki.

bn2Aunque su obra más conocida es Kumo to Tulip (1943), este Benkei tai Ushiwaka posee también su relevancia. Y no poca. Técnicamente es una pequeña maravilla de su época, con una ambientación extraordinaria en sus matices de luces y sombras, de gran profundidad; así como un uso de los planos muy innovador. El diseño de los personajes es muy norteamericano, sin embargo resulta patente a su vez la influencia que tuvo la formación universitaria del director. Masaoka se especializó en primer lugar en pintura tradicional japonesa; y Benkei, uno de los protagonistas del corto, parece un oni salido literalmente de un kakemono.

Benkei tai Ushiwaka está basado en un antiguo y conocido mito japonés, que narra el encuentro de dos grandes guerreros del periodo Heian (794-1185): Musashibô Benkei y Minamoto no Yoshitsune. Benkei era un sôhei, se dice que medía dos metros y por su gran ferocidad en el combate le llamaban Oniwaka (el chico ogro). Su gran devoción por Buda le hizo realizar el voto de que lograría hacerse con 1000 espadas; y para tal fin se situó delante del puente Gojô de Kioto, venciendo en sucesivos duelos a todo samurai que pasaba. Cuando ya tenía en su poder 999, llegó al puente Yoshitsune, ¿se haría con su katana también?

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Todo japonés conoce el final de ese célebre desafío, que es una mezcla de leyenda y suceso histórico real, pero aquí no lo voy a desvelar. Benkei to Ushiwaka, no obstante, se centra más en un joven Yoshitsune (Ushiwaka) y su adiestramiento como espadachín en el monte Kurama, bajo la tutela de Sôjôbô, el rey de los tengu. Después de alcanzar la maestría, dirige sus pasos a Kioto donde encuentra al bravo sôheiBenkei to Ushiwaka es un corto divertido y con mucha acción, sorprende su modernidad por la fluidez de movimientos y el encadenamiento de planos; pero también mostraba que aún quedaba mucho por mejorar. Y Masaoka lo consiguió, por supuesto.

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Mitsuyo Seo fue alumno aventajado de Kenzô Masaoka. Aunque sus tendencias políticas abiertamente progresistas le provocaron bastantes sinsabores en vida, Seo ha pasado a la historia de la animación japonesa como el creador de dos de los films más importantes de propaganda bélica gubernamental de su época. Momotarô no Umiwashi y su secuela, Momotarô: Umi no Shinpei (1945). Toda una paradoja. Este último además es considerado el primer largometraje animado de Japón, admirado hasta por el propio Tezuka, al que impresionó mucho en su niñez.

Si dejamos de lado todo lo negativo que conlleva el “apostolado nacionalista” de la II Guerra Mundial, tenemos en Momotarô no Umiwashi un documento histórico de primera línea. No debería resultar complicado deshacernos del prejuicio que en un momento inicial pudiera aparecer; han pasado suficientes años como para que seamos capaces de aplicar una visión desapasionada, limpia de posibles resentimientos o vínculos emocionales. Y todo esto nos brinda la excelente ocasión de observar también los mecanismos de manipulación populista, que otras naciones enzarzadas en la contienda utilizaron igualmente. Quizá desde nuestra perspectiva actual nos parezca una barbaridad adoctrinar de semejante forma a los niños, pero recordemos que juzgar las obras del pasado con los valores éticos del presente no suele ser acertado. Y dificulta el estudio de las mismas.

momotaro2Momotarô no Umiwashi aprovechó la gran popularidad del héroe legendario Momotarô para influir en las tiernas mentes infantiles. Esta figura mitológica fue usada con profusión durante todo el conflicto como símbolo del gobierno japonés, otorgándole así una legitimidad de naturaleza semidivina. Fue un instrumento útil y de fácil manejo, pues las características de Momotarô fueron asimiladas directamente como propias del Imperio. ¿Y quiénes eran los enemigos? Pues los demonios a los que se enfrentó Momotarô, por supuesto. Adaptaron el ataque a Pearl Harbor a la leyenda del chico melocotón. Hawaii se convirtió en Onigashima (la isla de los oni) y los malvados demonios que la habitaban fueron los estadounidenses. El mono, el faisán, el conejo y el perro del cuento son soldados y pilotos del ejército a las órdenes del general Momotarô. La ofensiva se realiza con toda la épica que le faltó al evento histórico, sin heridos ni muertos ni desgracias; y los norteamericanos son representados como gallinas correteando sin control cuyo capitán, borracho perdido, se asemeja sospechosamente al villano de Popeye, Brutus. Pero la demostración del poderío tecnológico militar japonés que se vierte tampoco es exagerada, no se hicieron dueños del Pacífico por casualidad.

A nivel técnico el mediometraje es una maravilla de la época, de una belleza innegable. Plasma el espíritu austero y marcial japonés con toda la carga dramática que exige el acontecimiento; aunque aparecen las concesiones obligatorias a la comedia idiota, Momotarô no Umiwashi tiene una gravedad solemne que impresiona.

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Incluido en The roots of Japanese anime – Until the end of WW II se encuentra también Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon (1935) de Yoshitarô Kataoka, pero no voy a escribir de él porque ya lo hice otro día aquí.


The roots of Japanese anime – Until the end of WW II es una compilación útil para todo aquel que desee adentrarse en la prehistoria de los dibujos animados nipones. Presenta creadores indispensables a través de una obra característica de su estilo; y teniendo en cuenta que el material original no se halla en condiciones perfectas, Zakka films ofrece una calidad excelente. Podrían haber escogido otros cortometrajes, no obstante la selección general es buena. The roots of Japanese anime – Until the end of WW II  es una introducción, una invitación para conocer luego en más profundidad a los autores referidos. Por sí misma es una avanzadilla que si no consigue despertar el interés del espectador, permanecerá como simple curiosidad.

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Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon (1935)

Así que, a pesar de su indudable valor histórico, la intención de esta antología en realidad es pedagógica. Todavía no hay mucho público que desee rebasar los límites de la dimensión lúdica del anime, y mucho menos entre los otacos. Aunque existen especialistas en el tema y aumenta el número de personas que perciben el universo del animanga de manera más reflexiva, una mayoría de sus consumidores prefiere pasar de puntillas frente al material más antiguo, ya que le resulta escarpado, aburrido. Una opción completamente legítima, nada que objetar al uso del anime como simple herramienta de entretenimiento. Lo que se debe tener claro entonces es que The roots of Japanese anime – Until the end of WW II no va dirigido a esa clase de consumidor. Esto no es algo que suceda exclusivamente en el mundo del manganime, toda expresión de cultura popular se halla en una encrucijada similar. Continuamente. Pero hay un secreto, y es que no se tiene por qué elegir solo un camino, pueden transitarse muchos a la vez.

¿Escribí al principio que mi intención era ser breve? Menos mal. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Occidente regurgitado à la japonaise es nuestro manjar

Hace ya un tiempo realicé una entrada dedicada a la visión que tiene Occidente sobre Japón. Elegí nueve películas que consideré (y considero) relevantes y luego pensé: ¿qué tal viceversa? Dejé la idea olvidada por algún sitio de la corteza cerebral hasta que hace unos días, viendo Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida, me acordé súbitamente de ella. ¡Vaya, si estabas ahí! ¿Y qué hacemos contigo? Venga, vamos a quitarte el pijama, darte una ducha y ponerte algo chuli. Pero antes… antes vamos a cortarte el pelo. Bueno, pongámonos serios. Esta introducción mentecata es solo una manera de intentar explicar que decidí cambiar algo la esencia del propósito inicial, y enfocarla en la interpretación cinematográfica japonesa de obras literarias occidentales. Y no encontré demasiadas, la verdad. Tampoco es que sea una experta en cine nipón, pero saqué en limpio poquita cosa, y de ahí seleccioné cinco. No era cuestión de hacer un monográfico dedicado a Akira Kurosawa (no por falta de ganas) pero preferí diversificar la entrada. Aun así han caído dos del amigo Pantano Negro. Qué le vamos a hacer, no he podido evitarlo. Y Toshirô Mifune asoma el hociquillo en un par también, ups.

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Kurosawa y Mifune bien elegantotes

Es bien sabido que los occidentales nos consideramos el ombligo del universo, y que la galaxia rota en torno a nuestro culo bien aposentado en el trono cultural del planeta. Ese western-centrism es una lacra, no nos engañemos, y ha infectado casi todo el orbe. Pero hay países, por supuesto, que han resistido su embate de manera muy peculiar. Es el caso de Japón, y aunque se trata de una nación que ha metabolizado lo occidental dirigiéndolo en ocasiones (y no escasas) a cotas de inimaginable bizarrismo, no ha dejado de ser una asimilación impregnada de su propia idiosincrasia. Un Occidente domesticado con látigo férreo pero kawaii, al que le debemos horas de inagotable asombro y disfrute. Pero, ¿qué ha hecho este honorable pueblo cuando ha adaptado un libro occidental al cine? Cine, que no animación, donde sí que existen abundantes referencias. El experimento no ha tenido muchas oportunidades, al menos a esa conclusión he llegado investigando una miqueta. Y no tendrían que ser por obligación muchas más, conste en acta. Japón tiene un patrimonio literario extenso y valioso, y el continuo bombardeo desde nuestros países al suyo hace comprensible un sano ejercicio de resistencia en ese aspecto. Pero una buena obra sigue siendo una buena obra venga de donde venga; y ciertos cineastas no tuvieron ningún reparo en llevar a su japonesísimo terreno clásicos literarios occidentales. Su osadía continúa siendo una rareza aún hoy, por eso creo que esta entrada posee su interés. Sobre todo entre los que nos gusta hurgar en las narices niponas. Ya se sabe, algún moco espesote siempre hay; no obstante petróleo también se encuentra. Pero podéis estar tranquilos, he seleccionado películas accesibles y con un mínimo nivel de calidad. Tampoco es imprescindible haber leído las novelas y relatos en los que están basados pero, ¡qué os voy a decir yo! ¡Leer es como respirar! Así que os animo con muchamuchamuchamucha fuerza a que los dejéis formar parte de vuestra vida.

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Este mini-listado se debe comenzar a lo grande, nada de titubeos o medias tintas. Si existe una adaptación de una obra occidental en Japón que admiro fervientemente es Trono de sangre (1957) de Akira Kurosawa. Es el mejor Macbeth (1606) del mundo cinematográfico por ahora. Lo siento, Orson Welles; lo lamento, Polanski; fue un buen intento, Justin Kurzel. Kurosawa os sigue pateando el culo a pesar de todo. Y Luzbel me libre de pensar que son malos films, porque sería una mentira cochina. Pero Kumonosu-jô continúa siendo imbatible, un prodigio del séptimo arte.

Ya hice una reseña dedicada a esta película, explicando un poquillo la obra de Shakespeare también, así que no me voy a alargar más. Todo lo que tenía que decir lo escribí aquí. Creo que debería ser obligatorio, al menos una vez en la vida, leer Macbeth y ver Trono de sangre. No hay excusa razonable para esquivar estos clásicos, salvo que se prefiera permanecer en el lodazal de la ignorancia in saecula saeculorum. Y esa sería, en verdad, una elección personal realmente triste.

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¿Quién no conoce a Cyrano de Bergerac? El espadachín y poeta de magno apéndice nasal que no puede conocer las mieles del amor a causa de su fealdad. En realidad Bergerac no fue solo el personaje de la obra teatral que Edmond Rostand escribió en el efervescente ambiente finisecular de París. Fue un filósofo, escritor e intelectual bastante reputado en la Francia del s. XVII, con una línea de pensamiento sorprendentemente moderna para su época. También algo pendenciero. Si os interesa su vida y obras, la pieza teatral de Rostand no resulta muy fidedigna, porque casi todo lo que narra es pura invención. Os recomiendo para introduciros en sus trabajos El Otro Mundo (1657), un librito desternillante, una sátira en clave de ciencia ficción donde podréis disfrutar los ramalazos de ingenio cáustico que se gastaba monsieur Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac.

Pero esta Aru kengo no shôgai (1959) de Hiroshi Inagaki, como podréis imaginar, es una adaptación de la célebre obra de teatro. Que, por otro lado, también es muy recomendable ya que se trata de una pieza esencial de la literatura europea. Ha tenido bastantes encarnaciones en el cine, siendo siempre un relato muy apreciado por el público. Su éxito ha sido merecido. En términos actuales, diríamos que Cyrano de Bergerac es la vida de un friendzoneado que encima carga con el papelón de ayudar a su rival amoroso, que es algo lerdo. Muy guapo, pero un lerdo. Esta historia es universal, da igual la época, el sexo de los protagonistas o el lugar. Ha sucedido, y sucederá, hasta el fin de los tiempos. Y todos hemos sufrido en nuestras carnes esta clase de sufrimiento. C’est la vie.

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Toshirô Mifune como Heihachiro Komaki, el Cyrano japonés

Así que Inagaki, al que los jidaigeki se le daban fenomenal, consideró que Cyrano podría acomodarse la mar de bien al clima japonés. De un extremo de Eurasia (París), pasó al otro (Kioto); y sin cambiar de siglo, Cyrano se convirtió en el ingenioso y honorable Heihachiro Komaki. Un samurai ejemplar: compasivo, amante de los niños, valiente, gran espadachín, muy cultivado, con una inteligencia sin parangón y… una nariz superlativa. Sin embargo, su brillante personalidad y potente intelecto no son suficientes para conquistar a la dama que ha querido desde su infancia, Lady Ochii. Esta se ha enamorado de un joven guerrero venido del campo, Jurota Karibe, y solicita la ayuda de Komaki para que lo proteja en las frecuentes peleas. Este guapo mozalbete no tarda en declararse a Lady Ochii, pero ella queda algo decepcionada por su parquedad y evidente falta de talento. Komaki, que no quiere que su amada sufra, decide echar una mano al adonis en los menesteres de la elocuencia, escribiendo por él también apasionadas cartas.

¿Funciona Cyrano como jidaigeki? Sobradamente. De hecho es un formato que le va como anillo al dedo. Es una comedia heroica que funciona muy bien con sus duelos de katanas, intrigas, drama y romance no correspondido. Tiene de todo un poco, y Mifune, la verdad, es que se come la pantalla. Hiroshi Inagaki fue bastante fiel a la obra de Edmond Rostand, y realizó una película compacta y entretenida. No deslumbra ni es especialmente rompedora, sigue una vereda muy transitada; sin embargo, posee buen ritmo, las interpretaciones son adecuadas y no aburre en ningún momento. ¿Qué más se le puede pedir a un film de aventuras?

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De nuevo Kurosawa, pero esta vez con una obra dirigida en su madurez, cuando muchos pensaban que se encontraba ya de capa caída. Ah, qué ingenuos. Los monstruos nunca duermen, camaradas otacos, a este señor todavía le quedaban unas cuantas cosas por decir. Se fue a la Unión Soviética en plena Guerra Fría y creó de nuevo otro clásico (e iban ya…). Kurosawa fue un lector ávido de literatura occidental desde niño, por lo que asimiló muy bien este lado del planeta. Nunca tuvo miedo de plasmarlo además en su cine, ahí tenemos El idiota (1951), adaptación de la novela de Fiódor Dostoyevski; Los bajos fondos (1957) basada en la obra teatral del Máximo Gorki o Ran (1985), que tomó bastante de la tragedia shakespeariana El rey Lear. Podría haber elegido cualquiera de esas o Los canallas duermen en paz (1960), por ejemplo. Más Shakespeare a la saca. Pero no. Me quedo definitivamente con Dersu Uzala (1975), basado en un libro que no deja de ser un sencillo diario que narra vivencias asombrosas. Dersu Uzala de Vladímir Arséniev no tiene nada de particular, es lo que relata: la esencia de una historia simple y grande a la vez.

Dersu no esperó a que acabáramos de conversar y se marchó. Pero yo aún me quedé un buen rato junto al viejo, escuchando sus relatos. Cuando me dispuse a marcharme, la conversación volvió a girar en torno a Dersu.
—Es un buen hombre, una persona sincera —dijo el creyente del rito antiguo—. Sólo hay una cosa mala. Es un infiel, un asiático, no cree en Dios. Pero ¡mira! Vive en la tierra igual que yo. ¡En verdad que es asombroso! Pero ¿qué pasará con él en este mundo?
—Pues lo mismo que conmigo y contigo —le respondí.
—Protégeme, reina celestial —dijo el creyente del rito antiguo, santiguándose—. Yo soy un auténtico cristiano de la Iglesia apostólica. ¿Y él qué? Un hereje. No tiene alma, sino vapor.

Dersu Uzala es un hezhen o nanái. Un cazador nómada de cierta edad que vive en la taiga del río Ussuri, en la Siberia Oriental. Es el protagonista tanto del libro como la película. Pero hay que aclarar que Dersu Uzala existió de verdad, fue el guía de Arséniev y su grupo de expedición en esos inhóspitos parajes. Les salvó la vida en numerosas ocasiones, y trabó una profunda amistad con el autor, que reflejó su admiración por él a lo largo de la obra. Arséniev trabajaba como cartógrafo, su misión era revelar los secretos de las tierras más remotas del entonces Imperio Ruso; y asentado en Vladivostok, durante sus viajes por los vastos bosques boreales, conoció a Dersu Uzala.

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Dersu Uzala fotografiado por Vladímir Arséniev circa 1905

Kurosawa quedó fascinado por el retrato de este hombre singular, ya entrado en años como él mismo, pero que permaneció fiel hasta el final a su espíritu libre. La eterna dicotomía naturaleza/civilización está expresada sin efectismos, casi con cierta crudeza pero que la ingenuidad sabia de Dersu Uzala atempera y da sentido. El hombre tiene su lugar en la taiga, que no está ni por encima ni por debajo del resto de la gente; por ello debe conocerse y respetar sus leyes. Esta gente a la que se refiere el cazador es el fuego, la lluvia, el viento, el tigre, el oso o la liebre. Como buen animista, Dersu Uzala venera la naturaleza porque es su único hogar. Esta convivencia casi mística con el medio en el que habita es el eje en torno al cual pivota el argumento de la película. Es interesante señalar que esta concepción del cosmos, afín a la Hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, volveríamos a verla a menudo en las obras de Hayao Miyazaki.

Personalmente, esta película me emocionó mucho. Es una historia épica pero que no cae ni por un instante en el sentimentalismo. Su mérito reside en saber transmitir la grandeza de esa tragedia cotidiana que es el paso del tiempo, pero sin aspavientos. No hace falta engalanar la realidad, solo saber contar su historia. Y Kurosawa hizo de las extraordinarias vivencias de Arséniev y Dersu Uzala una obra de arte. Imprescindible.

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Todo admirador del universo lovecraftiano conoce muy bien al escritor inglés William H. Hodgson. O debería saber quién es al menos. Siempre estaré eternamente agradecida a Valdemar por haber publicado La casa en el confín de la Tierra, El Reino de la Noche y otros relatos más de este autor indispensable del terror y la ciencia-ficción. Falleció a los 40 años, combatiendo en la Primera Guerra Mundial, y nunca supo lo que fue el éxito en vida. De hecho, tras su muerte, fue completamente olvidado hasta que el círculo de Lovecraft lo rescató. Y es que el escritor de Nueva Inglaterra le debe muchísimo en lo que respecta al horror cósmico que lo caracterizó. Mucho se ha escrito sobre las influencias de Lord Dunsany o Edgar Allan Poe, y sin embargo la de Hodgson no fue menor. La noción de lo impío nació con él, sus criaturas semihumanas perdidas en lugares remotos y el misterio ominoso que oculta el océano en su seno, son sus semillas. Simientes que florecieron también en los Mitos de Cthulhu.

¿Y qué sucedería si uniéramos el genio de Hodgson con el talento de Ishirô Honda? El adalid del terror materialista con el padre de Godzilla. Pues no hay que perder el tiempo con demasiadas cábalas, porque la respuesta está en la película Matango (1963), inspirada en el relato La voz en la noche (1907) del escritor inglés. Lo que obtuvo el mundo fue una joya de culto que todo amante de la Serie B reconoce ahora con afecto. No viene mal mencionar que lo bizarro también puede ser digno, y ese es el caso de Matango. No es una película ridícula ni de tono infantiloide. Es una historia de supervivencia claustrofóbica, con guion de Takeshi Kimura y una puesta en escena acorde a la época y temática. Una maravilla de la lisergia más creativa de los 60.

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¿El resultado fue congruente? Bastante. Honda y Kimura supieron dar consistencia moderna a un relato de principios del s. XX, añadiéndole además crítica social y el funesto elemento nuclear. La interacción de los personajes además es fascinante, muy bien trabajada. Una nueva clase social emergente en Japón, caracterizada por la frivolidad e inmersa en el goce de la riqueza alcanzada por el “Milagro Japonés” de la Era Shôwa, se enfrenta a la realidad. Esa realidad es que la Naturaleza gobierna sobre todo, y no se debería dar la espalda a esa verdad. El precio por hacerlo es alto, y los protagonistas de Matango lo pagan de la peor manera posible.

Unos jóvenes ricos y bien educados, que están pasando unos días navegando y bailando música hawaiana en su yate, naufragan en algún lugar indeterminado del sur de Japón. La tormenta ha sido terrible, los ha dejado incomunicados, casi sin víveres e incapaces de averiguar su situación. Pero pronto ven en la lejanía una isla, y deciden acercarse a ella. Pero esa isla, cubierta de bruma y exuberante vegetación, parece deshabitada. Pronto encuentran un barco varado en una playa, que se encuentra vacío. No hay cadáveres, no hay rastro de sus ocupantes y sus provisiones están intactas. Sin embargo, todo se halla tapizado por una enorme cantidad de moho. Descubren una caja, con el nombre “Matango” sobre ella, que guarda un gigantesco hongo en su interior. Pero es el cuaderno de bitácora del capitán el que más incógnitas esconde. ¿Qué es en realidad ese buque? ¿Qué ha ocurrido con su tripulación? Y lo más importante: ¿qué va a ocurrirles a ellos? Para averiguarlo tendréis que rendiros a los humores alucinógenos de… ¡Matango!

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Cumbres borrascosas (1846) es mi novela favorita de las hermanas Brontë. Fue una verdadera tragedia lo que ocurrió en esa familia. A causa de la aflicción por la muerte de su hermano Bramwell y la tisis, Emily solo nos pudo legar una veintena de poemas y esta historia. Wuthering Heights es cruel y espinoso, no apto para espíritus delicados. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo leí: fue doloroso. En realidad Cumbres Borrascosas es un demonio que taladra el alma. No exagero. Sin embargo lo amé inmediatamente. Me pareció que expresaba con tanta honestidad la contradicción de las emociones humanas y su vehemencia, que se convirtió en una de mis relecturas anuales obligatorias. Todos los años regreso a él en algún momento, no falla.

Creo que está quedando claro que soy fanática a degüello de esta obra, por eso nunca he estado del todo satisfecha con las adaptaciones que he visto. Y no me refiero a la falta de fidelidad argumental, que es casi lo de menos, sino a la transformación que sufre el elenco principal. Cumbres Borrascosas no es solo una historia de amor brutal, sino las desventuras de unas cuantas personas más y las circunstancias sociales que los rodean. Pero lo que me irrita sobremanera es cómo suavizan las aristas (¡maravillosas aristas!) de sus dos protagonistas. Su idealización es peste porcina. Heathcliff no es un galán, para nada un antihéroe que llora su desdicha en las sombras, y así se han cansado de moldearlo en cine o televisión. Con más o menos fortuna. Camaradas otacos, Heathcliff es un patán feroz y vengativo al que el amor lo ha vuelto loco. ¿Y Cathy? Cathy tampoco es una dama; resulta una mujer de carácter veleidoso y salvaje, con una terquedad infinita y cierto regusto sádico. Ambos son personajes poderosos, casi hipnóticos, pero jamás admirables. Y eso es lo que me gusta de ellos, que son humanos; y precisamente lo que me cuesta encontrar en series y películas.

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Admito que no es muy comercial hacer el retrato de dos malas personas, por eso Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida me sorprendió gratamente. Este director decidió tomar el tempestuoso espíritu de Cumbres Borrascosas y sublimarlo a través del Kabuki y el . Así destiló la esencia de la novela de Emily Brontë en toda su majestuosa oscuridad, pero otorgándole una austeridad que hicieron de Kinu Yamabe (Catherine Earnshaw) y Onimaru (Heathcliff) personajes espeluznantes. Cada uno a su manera. De la grandilocuencia romántica y sus pasiones exaltadas, a esa elegancia minimalista tan japonesa. Arashi ga Oka emana la frialdad de la muerte en su mesurada belleza y pulcritud; sin embargo, las corrientes ocultas que se mueven bajo esa capa crujiente de hielo impresionan por su enorme fuerza. Esa corrientes son tenebrosas, mucho, y albergan horrores que la escritora ni llegó a imaginar. Porque Yoshida unió la reverberación gótica de Cumbres Borrascosas con la vertiente más truculenta del folclore japonés.

¿Consiguió este director una traducción coherente del York victoriano al mundo nipón? Perfectamente. Por ahora es mi versión favorita del clásico de Emily Brontë con diferencia. De los páramos, nieblas y brezales solitarios del norte de Inglaterra, a una desolada ladera de un volcán envuelto en nubes de ceniza. De la Europa decimonónica al Japón feudal. Y los arquetipos continúan ahí. La lengua es diferente, pero el mensaje resulta exactamente el mismo. Yoshida captó la llegada del ominoso extranjero, que derrumba la estructura social del lugar, con mucho tino. Así como el ambiente denso y asfixiante de la novela, que reforzó con la rígida etiqueta japonesa medieval y las supersticiones del shintô.

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Arashi ga Oka es una película muy japonesa en todos los aspectos, lo que puede acabar siendo un pequeño problema para todos aquellos que estén acostumbrados a otro tipo de cine. Posee un ritmo sereno que se exacerba en momentos puntuales, para volver de nuevo a una calma engañosa. Su expresividad teatral, que concede gran importancia al lenguaje corporal y los silencios, aprovecha por completo el talento de los actores. Sus interpretaciones son extraordinarias, Onimaru y Kinu dan literalmente miedo. Si la novela de Emily Brontë no está destinada a todo el mundo, Arashi ga Oka sube la apuesta robusteciendo los planteamientos de la autora y elevándolos a un nuevo nivel de refinada depravación.

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“Leyendo un libro” (1906) de Shôun Yamamoto

Y hasta aquí ha llegado la entrada de hoy. Espero que haya estimulado vuestra curiosidad lo suficiente para que le echéis un vistazo a las películas, y busquéis las obras literarias también. Lo merecen. Si no ha sido así, en otra ocasión procuraré hacerlo mejor. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Lady Killer o la venganza como una de las Bellas Artes

Esta es una de esas entradas que tengo atascadas desde hace meses. No porque no sepa qué escribir, el motivo es bastante más estúpido: se me olvida. Iba a formar parte de los Tránsitos del pasado octubre, sin embargo mi fabulosa memoria ha decidido que sea un día fresco y lluvioso de febrero la que alumbre esta reseña literaria. Bienvenida al mundo de internet, cariño, no te va a leer mucha gente pero por fin estás aquí.

El próximo mes de abril hará un año de la muerte de una de las grandes escritoras del noir en Japón: Masako Togawa (1933-2016). Si Edogawa Ranpo es el padre del género en las islas, Masako Togawa es la madre. Y menuda madre además. Esta mujer fue de lo más peculiar, tuvo una vida apasionante y multifacética. Da la sensación de que en nuestra actual sociedad hiperespecializada, una persona no pueda dedicarse a dos, tres, cuatro o diez actividades profesionales diferentes y hacerlo encima bien. Como si fuéramos hormiguitas concentradas en una única labor. Pues va a ser que los humanos, por norma general, pueden desarrollar distintas habilidades perfectamente. Togawa es lo que hizo. Era cantante y compositora de canción francesa, escritora, actriz, empresaria, guionista de TV y tertuliana. Casi nada. Pero es a su vertiente literaria a la que nos vamos a referir. Porque esta señora, aparte de un aspecto estrafalario con su pelo afro tricolor, ganó el prestigioso galardón Edogawa Ranpo en 1962 con su primera novela: La llave maestra (1961). Masako Togawa iba escribiendo sus obras detrás de los escenarios, entre canción y canción. En ellas plasmaba fragmentos de su propia vida y de la realidad que respiraba. Así nació también la novela de la reseña de hoy, The Lady Killer (1963), que triunfó por todo lo alto.

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Masako Togawa y su potente voz de contralto

Masako Togawa fue todo un personaje, muy célebre y querido en su país. Y ahora que parece que está tan de moda atacar el feminismo, señalar que esta dama fue feminista y murió feminista. Defensora también de la comunidad LGTBI, resultó un espíritu libre que no se dejó atar por las convenciones de un Japón conservador. Venció. No voy a eternizarme escribiendo su vida y milagros, pero es importante destacar que fue activista convencida, una creativa original y pionera audaz en diversos campos. Masako Togawa consiguió salir adelante en un género, el suiri shôsetsu, que había sido tradicionalmente feudo masculino. No escribió novelas dirigidas a un público femenino al que le gustara el noir, dejemos eso claro. Ese es un prejuicio, con cierto arraigo todavía, que da por hecho que las mujeres crean para mujeres, y los hombres para toda la gente. La perspectiva neutra y universal es, por defecto, la masculina; mientras que la femenina es específica, representa únicamente el universo de la mujer y solo tiene relevancia para ella. Pues no. Masako Togawa en los años 60 dejó muy claro que esto no era así. Una visión femenina del género negro podía ser tan válida, global y atractiva para todos como la masculina.

Suiri shôsetsu se traduce como ficción de misterio, donde el sendero del razonamiento y la deducción son primordiales. Pero, como podréis imaginar, en Japón tomó características peculiares, ya que se trata de una nación de fuerte personalidad. Comparte un aire con el cine polar francés, o al menos así lo percibo yo: la calma, la sordidez y un realismo brutal. El suiri shôsetsu también se preocupa mucho por expresar esa eterna frialdad que destila la sociedad nipona, la profunda soledad y las venganzas que se deciden en silencio y sirven ultracongeladas. Todo con una elegancia de tintes líricos maravillosa, desplegándose con serenidad incluso en los escenarios más lóbregos.

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Portada de la edición publicada por Dodd, Mead & Co. en 1985

¿Cumple esas directrices The Lady Killer? Por supuesto, trabajó en asentarlas de hecho. Existen unas cuantas autoras en la actualidad como Natsuo Kirino, Miyuki Miyabe o Mitsuyo Kakuta, que han contribuido a esa tremenda explosión del suiri shôsetsu o noir japonés contemporáneo. Ahora que se ha relajado un poco el hype, es un momento excelente para escarbar entre las raíces y recordar de dónde procede todo este alboroto. Y Masako Togawa es uno de los cimientos sin duda. De las novelas escritas por ella que han caído en mis manos, The Lady Killer es mi favorita; aunque supongo que no será la mejor. Dilucidar esos abismos de la qualité ya es oficio de entendidos, y solo soy una lectora. Lo que no he conseguido ver es su adaptación al cine, rodada en los estudios de la inefable, gloriosa y mítica productora Shaw Brothers de Hong Kong. Algún día caerá, espero.

Togawa plasmó con su pluma minuciosa un aspecto de la fémina japonesa que se ignora de manera flagrante: el rostro de millones de mujeres que no son ni kawaii, ni sumisas, ni se comportan de forma infantil, ni tampoco cumplen con el arquetipo de femme fatale. Solo son personas, normales y corrientes, inmersas en sus vidas grises. Algunas incluso basculando en los límites de la marginalidad. ¿Qué sucede con las mujeres que no son ni especialmente hermosas ni sexies? ¿Son menos mujeres, carecen de interés? Para Togawa sí que lo tenían… y continúa siendo así para otros escritores aún. Ella abrió la veda del personaje femenino dentro del noir que no se deja encorsetar por las exigencias sociales y estilísticas del género. Adiós, muñeca de porcelana; sayonara mujer dragón; hola, mujer melancólica.

La melancolía es un sentimiento muy curioso que, con suma facilidad, puede mutar en plaga y licuar el corazón con su bilis. La mujer melancólica de Togawa no está loca, pero la amargura la ha transformado. En silencio, lentamente. ¿Y por qué surge esta melancolía? Los motivos no son únicamente sentimentales. Puede ser algo tan acuciante como la falta de dinero o el nacimiento de un hijo muerto; pero irá creciendo, poco a poco, hasta que detone en un calculado estallido de oscuridad sin fin.

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“Belleza verdadera” (1897) de Toyohara Chikanobu

The Lady Killer es una obra corta, meticulosa y absorbente. El punto de vista gira como una peonza de un personaje a otro, creando una atmósfera de atmósferas traslúcidas. A pesar de su estructura, no resulta borrosa en ningún momento porque el estilo nítido y agudo de Togawa no da pie a la confusión. Todos los personajes aparecen delineados con pericia y claridad según su relevancia, enmarcados en su propia realidad desapasionadamente. Porque los espacios que describe la autora son los que conoció en vida muy bien, la noche de los clubs tokiotas con su pintoresca fauna. Entre ellos se mueve Ichirô Honda, un ingeniero de éxito casado con una rica heredera. Es un hombre atractivo que presume de un narcisismo indigesto y esconde un talante cobarde. Nada tampoco del otro mundo, como él hay cientos, pero que sabe sacar provecho muy bien de su aspecto algo exótico. Tiene una noción del mundo muy propia del hombre japonés de la época, donde la mujer no deja de ser un bonito accesorio intercambiable.

Son los años 60, el país disfruta en pleno del “Milagro japonés” que tras la derrota en la II Guerra Mundial y la ocupación americana, relanzó a Japón de nuevo a la palestra como una nación moderna y competitiva. Honda representa eso. Indolente, egoísta, brillante… y víctima de su triunfo. Pura testosterona. Tiene mucha seguridad en sí mismo y es un gran seductor. Lleva incluso un listado pormenorizado, al que llama Diario del cazador, en el que explica sus numerosas conquistas sexuales. Pero sus presas, a las que deshumaniza sin contemplaciones, no son del todo casuales. Siempre son mujeres vulnerables y solitarias, doloridas por la falta de afecto. Honda estudia con precisión a la víctima elegida y se metamorfosea en el tipo de hombre que anhela. Miente sin ningún tipo de rubor para lograr sus fines. Y a la noche siguiente a por otra. Y otra, y otra, y otra. Sin mirar atrás y sin remordimientos, convertidas en trofeos cinegéticos de su diario. Es una compulsión de la que no puede escapar y a la que muy pocas se resisten.

Honda se acercó y colocó la mano en su rodilla. Ella la rechazó pero sólo consiguió avivar su deseo, y él se echó encima, tirándola al suelo y atacándola con manos y labios. Se resistió con ferocidad.
Después de treinta minutos Honda se rindió. No podía creer que estuviera pasándole eso a él… ¿Por qué? Se separó de ella y la miró a los ojos.
—Lo siento. Hoy no tengo ganas —le dijo.
Se arregló la falda que casi le había quitado en la lucha. Tenía lágrimas en los ojos.
Ichiro se preparó para marcharse. Se levantó y se dirigió a la puerta. A medio camino se detuvo.
—¿Tienes novio?
—Oh, no. No tengo ninguno.
(…) Esa mujer era distinta a la que había aceptado sus besos, con el cuerpo temblándole de emoción, en la torre de Tokyo apenas unas horas antes. Ahora la veía tal y como era de verdad: obtusa… egoísta… una mujer perdida en sueños de amor verdadero… ignorante… nada.

Pero un día descubre que varias de sus amantes han sido estranguladas. Siendo las muertes de cada una de ellas coartadas encadenadas para Honda, pues lo único que tienen en común esas mujeres asesinadas es que se acostaron con él. Sabe que algo siniestro lo acecha, de cazador ha pasado a presa; y la policía no tarda en darle alcance. Su rutina nocturna en Tokio es a nivel moral bastante reprobable, pero resulta algo muy diferente de matar a varias personas con sus propias manos. Es inocente de los crímenes pero, ¿quién ha tejido esa concienzuda trampa en la que ha caído?

Masako Togawa encauza con habilidad una historia donde nada es lo que parece. Sus dos protagonistas, envueltos en los tentáculos pegajosos del odio, la culpabilidad y el resentimiento, acaban destruyéndose mutuamente. Dos monstruos que se han creado el uno al otro. El desenlace es inesperado, y quizá no satisfaga a todos los lectores, pero al menos no deja ninguna incógnita por desvelar. Todas las piezas del engranaje, que en un principio parecen tan ajenas unas de otras, encajan con precisión milimétrica. No es un argumento que deje buen sabor de boca, Togawa no posee ese leve toque idealizado de Agatha Christie, por ejemplo, que permite un suspirillo de alivio al final. De hecho su visión afilada de la sociedad japonesa es cruda y tiene mucho de ambivalente, sobre todo en lo que respecta a la moralidad. Por eso puede despistar un poco al lector occidental, acostumbrado a finales más categóricos.

¿Recomiendo The Lady Killer? Sí. Es una obra ágil que se lee con facilidad, muy concisa y elegante. Una buena novela de misterio y policial que, si no se está familiarizado todavía con el noir japonés, resulta una introducción perfecta. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Silencio o la búsqueda de la Gracia de Dios

Me muero de ganas por ver Silence (2016) de Scorsese. Creía poder satisfacer mi curiosidad durante la Navidad, pero retrasaron su estreno en España hasta este fin de semana pasado. Aun así tendré que esperar unos cuantos días, pero servidora a veces tiene paciencia. A veces (qué remedio). Mientras, prefiero escribir sobre la obra literaria en la que está basada: Chinmoku (1966) del grandísimo Shûsaku Endô (1923-1996).

Hace unos cuantos días estuve revisando el film del mismo nombre que Masahiro Shinoda realizó en 1971, y que contó también con la colaboración en el guión del propio escritor, Endô. Si tengo que ser sincera, no me ha llegado a conquistar a pesar de que Shinoda es un director que me gusta bastante (al menos lo que conozco de él). Y es que existe un auténtico abismo entre la novela y la película. No considero que sea mala, pero Chinmoku es mucho Chinmoku… y no lo digo gratuitamente. Es una obra maestra. ¿Conseguirá estar a la altura Martin Scorsese? Me encantaría que así fuera, sus cintas para mí son clave si aspiramos a comprender algo del cine norteamericano de finales del s. XX. Ha firmado títulos que forman parte ya de la historia cinematográfica, y nunca ha sido partidario de encasillarse. Es una mente inquieta. Por lo que confío en que haya un mínimo de calidad. Al menos a nivel técnico seguro que es impecable. Además, no es la primera vez que trabaja con el cristianismo, La última tentación de Cristo (1988) fue toda una revelación que escandalizó a muchos. ¿Es esa de nuevo la intención de Scorsese? Lo dudo mucho. A pesar de que la novela de Shûsaku Endô sí que supuso un revulsivo para la sociedad japonesa, el italoamericano me da que no busca gresca, sino excelencia y reconocimiento. Este jueves que viene lo sabré.

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Cartel de “Chinmoku” (1971) de Masahiro Shinoda

Para entender mejor tanto el libro como las películas, creo que es necesario conocer algo del contexto histórico y social de la época que refleja. Estamos en el s. XVII, la unificación política y territorial de Japón es un hecho bajo Tokugawa Ieyasu. El cristianismo ha arraigado bien en la islas, sobre todo al sur, incluso daimyô con influencia se han convertido a la nueva religión. Su difusión crece y, como no podía ser de otra forma, tiene su peso político. Pero vayamos un poco más atrás en el tiempo. La Iglesia católica había sufrido un terrible cisma con la llegada de la Reforma Protestante (s.XVI), así que buscaba ampliar su zona de influencia en nuevos territorios. Muchas regiones de Asia Oriental permanecían vírgenes, y las rutas comerciales que abrió Portugal fueron el camino que utilizaron los primeros misioneros. Francisco de Javier, adalid de la recién nacida Compañía de Jesús como respuesta al Protestantismo, llegó a las costas de Japón en 1548; y en 1571 portugueses fundaron la ciudad de Nagasaki, refugio de cristianos y la ventana más importante de Japón al mundo durante el periodo Edo. Nobunaga (1534-1582) amparó su presencia para debilitar a sus enemigos budistas e incentivar el comercio con Europa, por lo que la evangelización progresaba adecuadamente y los jesuitas adquirían poder. Sin embargo, la muerte de Nobunaga lo cambió casi todo.

Su sucesor Hideyoshi (1536-1598), a pesar de una preliminar transigencia con el cristianismo, advirtió a los sacerdotes jesuitas que no se inmiscuyeran en la política del país como estaban haciendo. Que tuvieran esa potestad en Occidente no implicaba que pudieran hacer lo mismo en las islas. A Hideyoshi y Tokugawa no les hacía ninguna gracia, y mucho menos porque eran extranjeros. ¿Se sospechaba una maniobra de colonización para someter Japón? No podía considerarse algo descabellado, solo había que echar un vistazo a Filipinas o América, por lo que el recelo tenía base. Además, el cristianismo era muy intolerante con el resto de religiones (budismo y shintô), lo que provocaba una brecha política y social complicada de cubrir para una convivencia pacífica en el país. Y ya bastantes problemas había de por sí. Hideyoshi, a pesar de que persiguió y mató a católicos (son célebres Los 26 mártires de Japón), también estaba preocupado por mantener las vías comerciales con España y Portugal abiertas, por lo que el cristianismo no fue su prioridad. Las armas, la pólvora eran imprescindibles. Sin embargo, los Tokugawa llegaron a conclusiones algo diferentes.

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“Jesuita conversando con samurái”, anónimo de 1600.

Tras la muerte de Hideyoshi, el panorama político japonés se volvió muy inestable, la amenaza de una nueva guerra civil era clara; y los misioneros aprovecharon la ocasión para crecer en ese momento de fragilidad. Un horizonte en el que Japón permaneciera fragmentado en conflictos intestinos era el que más los beneficiaba. Y así fue. Durante esos dos años el catolicismo llegó a alcanzar la cifra de 300.000 bautizados, entre ellos al menos catorce daimyô; tenía el apoyo de varios gobernadores y fuerte presencia en la corte. Cierto que en mayor grado se extendía por la zona sur del país y que muchas conversiones fueron forzadas, pero el cristianismo habría terminado medrando en Japón si Tokugawa Ieyasu (1543-1616) no hubiera vencido en la batalla de Sekigahara (1600). Cuando Ieyasu tuvo su posición asegurada, prohibió definitivamente el catolicismo en Japón (1614). Era una religión supremacista y excluyente, con ambiciones políticas y que no respondía ante la autoridad del shôgun, solo ante Dios. Nada de fiar. Además, la llegada de los protestantes ingleses y holandeses, sin exigencias proselitistas o catequizadoras, permitía a Japón continuar sus actividades comerciales. Una gran parte de los daimyô apostataron y otros se fueron del país; pero unos pocos permanecieron fieles en la clandestinidad, hasta el punto de inflexión que supuso la rebelión de Shimabara (1638).

El señor de Chikugo meneó la cabeza:
—Preciosa no diría yo… «interesante» es la palabra. Siempre que visito esa ciudad me viene a la cabeza una historieta que escuché tiempo atrás. Takanobu Matsuura, señor de Hirado, tenía cuatro concubinas, y los celos y peleas entre las cuatro eran continuos. No las aguantó más y a las cuatro las echó del castillo. En fin, dejémoslo. Esto es terreno prohibido para un padre que ha de ser célibe de por vida…
—El señor de Hirado procedió con muy buen sentido…
Aquella familiaridad de Inoue al hablar animó al padre a desahogar la tensión reprimida.
—¿Lo dice usted de veras? Pues me quita un peso de encima. Porque mire usted, a Hirado, perdón, a este Japón nuestro le pasa lo mismo que a Matsuura…
Lo decía entre risas, revolviendo la taza entre ambas manos.
—Las mujeres se llaman aquí España, Portugal, Holanda e Inglaterra, y cuando les llega su turno de noche, le cargan el oído de chismes a su marido el Japón.
Paso a paso, mientras escuchaba al intérprete, iba el padre comprendiendo adónde apuntaba el gobernador. Bien sabía él que Inoue no decía ninguna mentira.

El clan Arima, que gobernaba en Shimabara cerca de Nagasaki, era cristiano desde hacía décadas; pero tras la prohibición del cristianismo, fue reemplazado por Matsukuta Shigemasa, un señor feudal hecho a sí mismo pero muy poco amigo de los seguidores del carpintero. Con su llegada, persiguió con ferocidad a los cristianos ocultos en su dominio y comenzó la construcción de un castillo que legitimara su nombre. Los impuestos se incrementaron dramáticamente (en realidad el coste de la edificación no era asumible), y unido al resentimiento de una población de gran arraigo cristiano, la insurrección estaba servida. Fue a su hijo, que prosiguió la estela de su padre, al que le explotó la rebelión en la cara. La brutalidad de Matsukuta Katsuie era tal que, tras ser sofocado el alzamiento, fue decapitado por orden del propio bakufu. La rebelión de Shimabara, capitaneada por el cristiano Amakusa Shirô, aunque no prosperó gracias a la intervención de las tropas del shogunado y los cañones de los holandeses, fue la gota que colmó el vaso. El shôgun Tokugawa Iemitsu (1604-1651), nieto de Ieyasu, aplicó las políticas aislacionistas del Sakoku, que se mantuvieron hasta la Restauración Meiji (1869). Japón se blindó de cara al exterior, salvo por las excepciones de Corea, la Dinastía Ming y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Pero siempre con una rígida supervisión por parte del shogunato. El pueblo tenía prohibido salir del país so pena de muerte. Los holandeses, aunque no católicos, seguían siendo cristianos, por lo que las relaciones que mantuvieron con ellos fueron muy restringidas y limitadas a la isla artificial de Dejima, en la bahía de Nagasaki. Fue construida para fines comerciales, donde pusieron a su disposición casas, almacenes, alojamientos… hasta burdeles. Pero bajo ningún concepto podían pisar suelo japonés. Su administración dependía directamente del bakufu, y los barcos que llegaban sufrían escrupulosas inspecciones.

Iemitsu endureció todavía más si cabe la política hacia los cristianos, buscando su eliminación absoluta de Japón. La deportación, la demonización de su fe, las ejecuciones en masa y las cruentas torturas fueron clave. Para ello contó con la ayuda del que fue uno de sus amantes, el gran inquisidor Inoue Masashige. El señor de Chikugo, como también era conocido, refinó de manera extraordinariamente atroz los métodos de identificación, tortura y muerte de los sospechosos de cristianismo. Él mismo era ex-cristiano, por lo que conocía muy bien los puntos débiles para quebrar la fe y la mente de los creyentes. El fumi-e, por ejemplo, era una prueba casi infalible entre japoneses, pues obligaba a pisotear imágenes de Cristo y la Virgen para demostrar la no pertenencia a tan diabólica secta. Se ambicionaba también la apostasía, sobre todo entre sacerdotes, pues se consideraba una auténtica victoria para usar de propaganda y golpear la confianza de los que persistían. Entre estos korobi bateren se encontraba el líder de los jesuitas Cristóvâo Ferreira, que tras ser capturado y torturado en 1633, se convirtió al budismo, tomó esposa y cambió su nombre al de Sawano Chuan. Y son el Padre Ferreira e Inoue Masashige dos de los personajes indispensables de la novela de Shûsaku Endô. Ambos motor del argumento, principio y fin de la búsqueda del protagonista, Sebastián Rodrigo.

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El sacerdote jesuita Julián Nakaura, que acudió como embajador del damyô de Kyûshû a Roma, murió en Nagasaki (1633) al cuarto día de tortura en el “tsurushi”. Sus últimas palabras fueron: “Acepto este gran sufrimiento por el amor de Dios”.

Las noticias de la apostasía de Ferreira han caído como un mazazo sobre la Iglesia Católica. Nadie esperaba algo así. Las noticias sobre el glorioso martirio de los cristianos en Japón fortalecen la fe y son un orgullo; sin embargo renunciar a Cristo resulta algo inimaginable. Sebastián Rodrigo, Juan de Santa Marta y Francisco Garpe tampoco pueden creer que su querido mentor y maestro los haya abandonado, así que deciden averiguar en persona qué es lo que ha sucedido. El viaje que los llevará de Lisboa a Japón es largo y peligroso; y no es su último tramo el más sosegado, pues las aguas que rodean el país están repletas de piratas ingleses. La situación en el propio Japón es alarmante, pues nada entra ni sale de sus costas, solo corren rumores espantosos: los cristianos sufren un hostigamiento implacable a manos de un hombre llamado Inoue Masashige. Pero eso no les va a disuadir, y tras llegar a Macao, deciden llevar a cabo el final de su travesía en un junco chino. Santa Marta se queda en el continente, aquejado de malaria.

En la embarcación van con un japonés que está deseando regresar a su patria. Se llama Kichijirô y es un hombre miserable y cobarde, para nada de confianza. Niega ser cristiano, pero esconde algo turbio en su docilidad resbaladiza. Cuando llegan a Japón, la situación es precaria y desgraciada. Rodrigo y Garpe contemplan cómo un cristianismo ya desvirtuado sobrevive en míseros pueblos en la clandestinidad. Los kakure kirishitan o cristianos ocultos son humildes aldeanos que arriesgan sus vidas cada día por una religión que los ha abandonado. Por eso su emoción es grande cuando ven aparecer a los sacerdotes. Afrontan el sufrimiento y la muerte con entereza, una entereza que asombra a Rodrigo porque no la entiende del todo. Aun así, su cometido en Japón es llegar hasta Ferreira, del cual no han conseguido averiguar nada en ese remoto lugar. Tienen que moverse, con el peligro continuo de ser descubiertos, por lo que deciden separar sus caminos. Y Kichijirô seguirá de cerca a Rodrigo. ¿Lo traicionará?

Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (…). Porque en esperanza estamos salvos; que la esperanza que se ve, ya no es esperanza. Porque lo que uno ve, ¿cómo esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos.

Romanos 8:18-25

Estos versículos de la carta de Pablo a los Romanos resumen muy bien la conmovedora confianza que los kirishitan depositaron en el cristianismo. No importan los padecimientos de esta vida, el Paraíso y la Salvación son su recompensa por permanecer fieles a una fe de la que en realidad no sabían gran cosa, pero que en su candor amoldaron a su conveniencia. Silencio es una novela dolorosa y cruel, como un rayo de luz que lo atraviesa todo hasta llegar al fondo del abismo… y muestra lo que hay en él: un gran vacío que solo puede colmarse de oscuridad. Los cinco primeros capítulos están narrados en primera persona de forma epistolar, después aparece un narrador omnisciente que detalla con pulcritud el destino de la conciencia de Rodrigo. Chinmoku es una lectura de las que no se olvidan y deja alguna que otra cicatriz. Como mi muy amado El corazón de las tinieblas (1899) de Conrad, es un descenso a los Infiernos; y entre el sufrimiento, el horror y la vacilación, poder encontrar a Dios. Es un diálogo interno, una reflexión filosófica entre razón y fe que intenta desentrañar cuál es la verdadera naturaleza de Dios, cómo llegar hasta Él. Descubrir, en definitiva, la Gracia Divina. A pesar de haber caído.

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Shûsaku Endô durante su fiesta de despedida en Musashino (1959) antes de su segundo viaje a Francia.

Shûsaku Endô, como muchos otros autores antes y después que él, plasmó sus inquietudes en Silencio. Eligió convertirse al cristianismo en un periodo en el que unirse a la religión del enemigo occidental significaba marginación; y en Francia sufrió el rechazo racista de sus hermanos de fe, perseguido además por la enfermedad. Era inevitable que esos avatares influyeran en su pensamiento y obra. El sentimiento de incomprensión y aislamiento lo condujeron a una búsqueda vital. Una exploración que le sirvió para meditar un cristianismo personal, sincero, imperfecto. El suyo propio.

No creo que Dios nos haya enviado esta prueba sólo porque sí. Todo lo que el Señor hace, bien hecho está. Por eso, cuando terminen estos sufrimientos y persecuciones, llegará algún día en que comprendamos por qué Dios los sumó a nuestro destino. Y, sin embargo, si escribo esto, es porque aquellas palabras que Kichijirô murmuró con los ojos en el suelo la mañana de su partida, se me han vuelto una carga cada vez más pesada en el corazón.
—¿Por qué «Deus» me habrá mandado semejantes sufrimientos? —Y luego, volviendo hacia mí unos ojos resentidos—: Padre, si nosotros no estamos haciendo nada malo…
Lloriqueos de cobarde a los que se hace uno el sordo y se termina… ¿por qué se me clavarán en el pecho con este dolor de agujas punzantes? ¿Por qué prueba el Señor con torturas y persecuciones a estos japoneses, a estos pobres campesinos? Pero no, Kichijirô quería aludir a algo distinto, algo aún más espantoso: el silencio de Dios.

Endô no escribió un libro histórico, aunque sus raíces lo sean. Tampoco un tratado de teología. Es una obra de ficción ubicada en un momento muy concreto de la historia de Japón, con personajes reales como el Padre Ferreira, Sebastián Rodrigo (inspirado en Giuseppe Chiara), Alessandro Valignano (aunque llevara décadas muerto en el tiempo de la novela) o Inoue Masashige. Chinmoku o Silencio expresa una visión profunda, amarga y a la vez esperanzada, de lo que es la naturaleza humana. Y eso es algo universal. Cada personaje es una clara alegoría, y su mensaje, ambiguo. Como la vida misma. Hay que tener en cuenta también en qué momento fue publicada, y entender el motivo de que incomodara a la sociedad de la época. Nadie entonces quería hurgar en la herida de las atrocidades cometidas durante la II Guerra Mundial… y mucho menos en masacres acaecidas hacía casi tres siglos. Chinmoku devolvía un reflejo de sociedad que en lo más profundo no había cambiado tanto. Según Endô, los japoneses no pueden comprender la verdadera esencia del cristianismo: Japón es un pantano donde no se puede sembrar, todo lo traga para vomitarlo luego corrompido. Él mismo se consideraba una contradicción, una paradoja andante por ser japonés y cristiano. ¿Es posible un entendimiento real entre Oriente y Occidente? Ese es uno de los interrogantes, entre otros muchos, de los que surgen mientras se lee Silencio.

kirishitan
“Kakure kirishitan” feudataria del daimyô de Saga, cerca de Nagasaki, circa 1860

No hace falta ser creyente para poder admirar esta obra (yo no lo soy en absoluto), porque no va dirigida a un público católico en concreto. No predica, no es una denuncia de las carnicerías llevadas a cabo contra los cristianos. Como todo coloso literario, trasciende una interpretación tan superficial. No pertenece a ningún equipo. La recomiendo muchísimo, su lectura es una experiencia íntima y personal. Para nadie resulta de la misma forma. Exige bastante del que la lee, tanto por su dureza como por las cuestiones que plantea; no es una novela para matar el rato. Sin embargo, tampoco es farragosa o complicada. Con un estilo elegante y realista, atrapa desde el primer instante, como un remolino en el mar. Cuenta la historia de una tragedia, pero con sobriedad. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El delicado cultivo de la Iris japonica

Todos tenemos una serie de temáticas y géneros que nos gustan. Solemos disfrutar más con ellos, y por eso mismo tendemos a consumirlos por delante de otros. Es lo más natural del mundo, no hay nada de malo en eso. También ocurre al revés, que ciertos estilos nos fastidian o directamente funcionan como un anestésico para rinocerontes. A mí me sucede con el shôjo, el spokon, el yaoi o el school life. Qué le vamos a hacer. Pero en ocasiones me apetece salir de mi zona de confort, de hecho preciso hacerlo, de otro modo empezaría a agobiarme cosa mala. No, no soy masoquista, pero necesito respirar. No sé cómo explicarlo. Esta disposición tan poco racional me conduce, por ejemplo, a realizar una sección en este blog dedicada a la prehistoria de una demografía que me irrita (Shôjo en primavera) o escribir la entrada de hoy.

Llevo unas cuantas semanas leyendo muchísimo más manga de lo habitual, lo que me ha dado la oportunidad de chapotear en piscinas donde normalmente no meto el pie. Y, en fin, que he acabado haciendo unos cuantos largos la mar de guays. He aprendido un montón y, lo principal, ha sido muy entretenido. También me he jamado varios excrementos de magnitud importante, pero en general ha ayudado a ampliar mis horizontes. No se ha convertido en mi género favorito ni muchísimo menos, sin embargo he descubierto obras que me han emocionado de verdad. Con el título del post creo que está muy claro a lo que hago referencia: el yuri.

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“Ternura” de Isoda Koryûsai circa. 1780

Ya había leído con anterioridad yuri, pero quizá por mala suerte y/o falta de interés en buscar mejor, casi siempre había topado con obras que me aburrían bastante. Claro que había excepciones, pero en general era un género que me resultaba más bien indiferente. Mi perspectiva ha cambiado, claro; y como estoy de buen humor, voy a compartir con vosotros un sucinto listado de los mangas que considero más destacables. Algunos ya los conocía bien, otros han sido auténticos hallazgos. Creo que todos son bastante populares y fáciles de encontrar, lo que hace de ellos una buena introducción para el neófito. Incluyo tebeos de distintas épocas, para de este modo percibir la evolución. Eso sí, desde mi punto de vista. No he leído todas las obras yuri de la galaxia, tampoco soy una experta en el asunto. Simplemente he redescubierto el género y me apetece escribir sobre ello. De todas formas, una pequeña introducción no vendrá nada mal.

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Esta señora tan sonriente es Nobuko Yoshiya en mayo de 1937.

Si se desea observar en retrospectiva con un mínimo de seriedad el género yuri, es inevitable mentar a la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973). Aquí ya hablé de ella un poco, pues su figura es imprescindible para comprender el nacimiento del shôjo y el yuri. Todo hay que decirlo, son dos géneros muy vinculados entre sí. El shôjo desde sus inicios poseyó una vertiente pronunciada lésbica, relacionada con el S Kurasu Esu de comienzos del s. XX. El Takarazuka Revue o las obras de Yoshiya-sensei hacían hincapié en las relaciones platónicas amorosas entre dos chicas; una especie de sororidad romántica senpai-kôhai muy inocente, pero a la vez obviamente homosexual (dôseiai). Eran historias hechas por chicas para chicas. Esto no suponía mayor problema en el contexto social de la era Taishô y albores de la Shôwa, donde además la audacia de las “mujeres modernas” o moga brillaba en todo su esplendor. No era algo de lo que preocuparse, pues se consideraba (y continúa siendo así) una etapa normal a superar que concluía en heteronormatividad: ser esposa y madre. Cierto que el caso particular de Nobuko Yoshiya fue bien distinto y nunca escondió su orientación sexual; pero tanto la mayor parte de sus obras como las que luego llegaría a inspirar en otros, nunca fueron manifiestamente yuri. Todo quedaba circunscrito a un atrevido, pero tolerable, shôjo-ai. La llegada del amor homosexual a los tebeos populares japoneses se hizo esperar hasta la aparición del Grupo del 24. Fueron sus autoras las que abrieron la veda. ¿Sucedió igual con el amor lésbico? En cierta forma sí, ganó en expresividad y su presencia se hizo más rotunda; pero continuó ciñéndose a un ámbito escolar de características idílicas. Tenían muy poco de la vida real. Podríamos decir que se trataba de relatos de amor entre jovencitas dirigidos a lectoras heterosexuales. Esto puede sonar un poco raro en la actualidad, sobre todo cuando existe un sector de público bastante amplio masculino en el yuri, pero así fue al principio, señores.

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Mi querida Utena

Los primeros mangas yuri mostraban casi siempre un dúo activo/pasivo en el que la muchacha enérgica, tomando el rol masculino, adquiría muchas de las particularidades de las otokoyaku del Takarazuka. El rol femenino recaía en personajes delicados, sufridores, casi sin voluntad, y bastante anodinos. Pero eso ya es una observación personal, claro. No puedo evitar rememorar a la insufrible Fiona de Paros no Ken (1986), que la mitad del manga está llorando y la otra siendo víctima de alguna horrible maldad. Muy triste.

Sin embargo, la joven que llevaba las riendas en la relación solía tener mucho de la Sapphire de Ribbon no Kishi (1953). Aceptaba su amor por una persona de su mismo sexo y poseía la determinación de asumir la relación con todas sus consecuencias. Y esas consecuencias solían ser muy, muy trágicas. Toda una heroína. En cambio, su pareja acababa transigiendo para dejar su enamoramiento en una simple fase de la adolescencia. Algo que no podía salir de las paredes del colegio, sin lugar en la sociedad. Una mujer no puede ser un hombre, por lo que amar a otra mujer está mal y acarrea todo tipo de desgracias. Como todos ya sabemos, esa visión devastadora del amor y la feminidad fue virando, y figuras como Haruka Ten’ô (Sailor Urano) o Utena Tenjô relajaron el tema bastante otorgándole naturalidad y una perspectiva más poderosa, acorde a los nuevos tiempos.

No sé si está quedando claro, pero el yuri no es considerado en Japón de temática estrictamente homosexual. Se encuentra en una especie de limbo, entre lo que se es y lo que se aparenta ser. El yuri tiene lugar en la fantasía, no es real; y las historias que cuenta son aceptables porque reflejan el crecimiento personal de las jóvenes… que finaliza en casarse y parir como conejas. Punto. Da igual lo explícito que sea, sobre todo el dirigido al público masculino, cuyo yuri, por otro lado, es muy, muy, pero que muy diferente (fanservice a muerte) del que está enfocado al tramo femenino. No obstante, poco a poco el panorama está cambiando; y numerosas creadoras están aportando al género precisamente esa base de realidad que le ha faltado durante tanto tiempo. El yuri está creciendo delante de nuestras narices, sirviendo de plataforma al mundo lésbico para poder expresarse. En mi opinión era algo muy necesario. No quiero alargarme más, solo apuntar que si estáis interesados en este género y su historia, os recomiendo este vídeo de Erica Friedman así como también su web Okazu. Es una fuente de información inagotable y especializada en yuri, muy bien documentada.

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¡Dale caña, Haruka!

Shiroi Heya no Futari

Ryôko Yamagishi

(1971)

A falta de una obra más temprana, Shiroi Heya no Futari (1971) es considerada de momento la primera obra del género. El primer manga donde aparece de forma explícita una relación amorosa entre dos mujeres. Sin ambigüedades. Ya solo por su valor histórico merece un vistacillo. Además se lee en un suspiro, consta de 4 episodios que fueron presentados en Ribon. Ryôko Yamagishi, miembro del Grupo del 24, creó un tebeo sencillo pero atrevido. Su influencia posterior ha sido descomunal, y no solo dentro del yuri, en el mismo shôjo. Se me ocurre, a bote pronto, la exageración que el celebérrimo Candy Candy (1976) de Yumiko Igarashi y Keiko Nagita le debe, tanto en argumento, recursos o diseño de personajes. Para mear y no echar gota.

La historia en sí está ubicada en un exclusivo colegio femenino francés, donde la rica huérfana Resine de Poisson acude huyendo del desafecto de su familia. Ella es una jovencita frágil y de rizos dorados como una muñeca, cuyo carácter dulce es radicalmente opuesto al de su compañera de habitación, Simone D’Arc. Simone es apasionada y rebelde, sarcástica y con una vida repleta de secretos infortunios. ¿Qué química surgirá entre ellas? Ah, l’amour. Lo mejor sin duda de este cómic es el personaje de Simone D’Arc y el arte de Yamagishi. Probablemente sea mi favorita en ese aspecto del Grupo del 24, quizá porque tengo debilidad por el Modernismo. Por lo demás, Shiroi Heya no Futari no puede sorprender demasiado a un lector del s. XXI, porque a la fuerza ha observado sus mismas variables en cientos de mangas. Mangas posteriores, por supuesto, este fue pionero en su clase. ¿Lo peor? Un guión algo acuoso y un personaje como Resine de Poisson al que dan ganas de estrangular de principio y, sobre todo, al fin.simone1

Claudine…!

Riyoko Ikeda

(1978)

Con Claudine…! (1978) ya se percibió un cambio. Riyoko Ikeda trató el tema de la transexualidad con mucho tacto, haciendo del protagonista de este manga, Claudine de Montesse, una persona creíble y profunda. Se trata de un tebeo emotivo además de muy agradable. Pero no os llevéis a engaño, Claudine…! no examinó la transexualidad desde una óptica realista. Recordemos que el yuri siempre ha trabajado dentro de las fronteras de un mundo idealizado, hermético y/o lejano (en este caso Francia, como sucede también en Shiroi Heya no Futari), así que ni se huelen los enormes problemas que mujeres y hombres de esta condición tenían (y tienen) que padecer.

Claudine de Montesse pertenece a la pequeña nobleza francesa, tiene una belleza radiante, un carácter admirable y gran inteligencia. Es el vivo retrato de su padre, salvo por un detalle: nació mujer. Claudine, desde muy niño, se ha sentido varón; y no ha dudado jamás en expresarlo en su entorno. Solo su madre parece hallar problemas en esto, por lo que decide llevarlo a un psiquiatra. Y son las anotaciones y pensamientos de este médico, que se convierte en su amigo, los que nos guían para conocer la historia de su vida. De esta manera indagaremos en una existencia que, aunque no presenta grandes dificultades, resulta rica a nivel emocional. Porque Claudine…! es simplemente un shôjo de época. Centrado en la vida sentimental del protagonista, muy desgraciada y que, siguiendo las pautas del yuri, acaba en tragedia. El argumento tiene mucho de folletín, una montaña rusa que a veces peca de inverosímil; si bien nada especialmente molesto salvo el asunto de sus novias: son todas idiotas. Si gustó Versailles no Bara (1972), Claudine…! no puede resultar indiferente. Es su hermano pequeño.

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Blue

Kiriko Nananan

(1995)

Mediados de los años 90. Kiriko Nananan le dio una vuelta de tuerca formidable al yuri clásico con Blue (1995). Lo hizo aterrizar desde las nubes tornasoladas del shôjo al patio de recreo de un instituto japonés cualquiera. Duro, vulgar, áspero. ¿Qué sucedería de verdad si dos adolescentes se enamoraran? Welcome to the real world. Pero a pesar de que Nananan decide brindarle a su tebeo la mirada del realismo, no lo hace de forma cruda. Blue pertenece a la nouvelle manga, por lo que tiene mucho de poesía y sutileza. Es una aproximación clara y delicada a la existencia de dos chicas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas y al mundo que las rodea. Y no es un proceso sencillo, la adolescencia nunca lo es. En realidad el amor accidental que surge entre ellas es una excelente coartada; son sus circunstancias, sentimientos y la manera de plasmarlos lo verdaderamente esencial de este cómic.

Ellas son Kayako Kirishima y Masami Endô. Van a la misma clase. Endô parece retraída y algo misteriosa, lo que despierta la curiosidad de Kirishima. Endô además estuvo ausente durante bastante tiempo del instituto, coyuntura que el profesorado tampoco evita mencionar para avergonzarla. ¿Qué le pudo suceder? Kirishima se siente muy atraída por Endô, así que decide hacerse su amiga. Y hasta ahí puedo contar, porque la historia no deja de ser un sencillo slice of life. Muy profundo y conmovedor, aunque no bonito. Lo que sí es precioso es su arte, de línea clara y simple, donde el vacío posee un hondo significado. Lo amo. Con muy poco logra transmitir muchísimo: la cuidadosa elección de planos, la elegancia de sus detalles, la esmerada sincronización emocional, la cálida intimidad de su lenguaje corporal… buf. Todo.

Otro manga que comparte ciertas similitudes con Blue, pese a ser bastante más convencional, es Aoi Hana o Flores Azules, que Milky Way tuvo el buen tino de publicar (¡gracias!). Es una preciosidad de tebeo que no me habría importado incluir en esta lista, pero tiene pendiente un Manga vs Anime. Deberá esperar un poquito.

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Honey & Honey

Sachiko Takeuchi

(2007)

Otro salto cuantitativo en el yuri: la aparición de auténticos mangas sobre lesbianismo creados por sus propias protagonistas. Honey & Honey (2007) es un ensayo donde la autora, Sachiko Takeuchi, cuenta de manera abierta y divertida su día a día como mujer homosexual con su novia, Masako. Son 32 capítulos muy cortitos y de lectura rápida, pero que ofrecen gran cantidad de información sustanciosa. Tiene cierta vocación didáctica, quizá para hacer notar que las bellas tríbadas son también personas, ¡quién lo iba a decir!, ¿verdad?, y que trabajan, les gusta salir de compras, ir al cine, sufren de celos, se enamoran, beben cerveza, acuden a conciertos, salen con sus amigos, y un largo etcétera de actividades extrañas. Takeuchi acerca el bian world a todo el que quiera leer su manga; explica su propia vida y las circunstancias más comunes con las que tiene que lidiar. Y lo hace con mucho salero, por cierto. Me parece una manera estupenda de dar visibilidad a todas esas mujeres que no tienen por qué avergonzarse de una orientación sexual que es natural, respetable y legítima. Solo deseo que cunda más el ejemplo.

Honey & Honey es un buen tebeo no ya solo por su intención, sino porque las anécdotas y pequeñas historias que cuenta en cada episodio son relevantes y muy sabrosas. No hay grandes dramas ni aventuras épicas en la vieja Europa; rinde homenaje al espíritu de las tiras cómicas, creando una inmediata complicidad con el lector. Es un manga directo, como su dibujo. Exacto, su dibujo. Desde luego el que espere un estilo tradicional quedará decepcionado. A mí personalmente me encanta ese aire infantil y esquemático, resulta perfecto para sus historias y le da una expresividad única. La elección de utilizar color muy acertada también. En resumen, Honey & Honey es una obra redondita y fragante como un melocotón, yo no me la perdería.

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Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report

Kabi Nagata

(2016)

A través de la plataforma CuriousCat me llegó una pregunta sobre este manga. Se puede decir que ha sido uno de los detonantes para escribir la presente entrada, por lo que os animo a que sigáis metiendo caña en el GatoCurioso,  ya que me viene genial para la inspiración.

Empecé a leer Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report (2016) o Mi experiencia lésbica con la soledad en septiembre, y estoy a la espera de que suban los dos últimos capítulos. Es harto improbable que lo vea publicado en España, pero Seven Seas afortunadamente lo ha licenciado, así que este verano que viene caerá a la saca sí o sí. No conocía de nada a la autora, Kabi Nagata, y creo que ha sido todo un descubrimiento.

Como Honey & Honey, se trata de un tebeo autobiográfico; y aunque comparte algunas similitudes como el slice of life y cierto tono humorístico, son muy diferentes. Mi experiencia lésbica con la soledad es, a pesar de las metáforas y su lenguaje ligero, una historia bastante descarnada. Es genial cómo Nagata sortea el rol de víctima y el lógico drama que implica, para centrarse simplemente en el autoanálisis. Este cómic es una puerta abierta no solo a su vida como mujer soltera lesbiana, sino a sus procesos mentales, dolencias y pensamientos. Muy cerebral todo. A través de ellos refleja muy bien ese excesivo pudor japonés en las relaciones humanas, esa obsesión por las formas que impide que las personas expresen su propia individualidad, sus emociones. Y aquellos que por un motivo u otro son “distintos”, sufren especialmente de incomprensión y aislamiento. Es la contrapartida a Honey & Honey, un relato de reclusión, tristeza y enfermedad; pero también de superación y búsqueda, aunque conduzca a puertos insólitos.

Viendo la situación como está, y que en el resto del planeta no resulta tampoco mucho mejor, mangas como Honey & Honey y este Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report son importantes. Tratan la materia con naturalidad y franqueza, sin necesidad de señuelos porque sus narraciones son por ellas mismas adictivas y muy amenas.

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Beloved

Jaeliu

(2016)

Y quería cerrar este mini-inventario con una obra también contemporánea, pero esta vez no desde Japón, sino Pekín. Este manhua de la creadora Jaeliu no ha finalizado, y lo estoy siguiendo por puro enganche. Estuve a punto de abandonarlo, pero ESEDIBUJOSEÑORESJODER me absorbió totalmente. Magnífico.

La historia es típica y tópica, nada que no se haya visto ya miles de veces en cualquier josei de andar por casa, pero que desde una óptica lésbica adquiere un frescor inaudito. Y ese arte, ¿lo he dicho ya?, DIOSMÍODIOSMÍODIOSMÍO. Beloved (2016) es una historia de amor y sexo normal y corriente, pero además de profundidad poco habitual. Propone cuestiones interesantes y el tratamiento de los sentimientos es grácil y perspicaz. Si ha gustado, por ejemplo, el estupendo Sorano y Hara (2009) que Tomodomo publicó este pasado verano (¡gracias!), Beloved no puede decepcionar. Al menos hasta el episodio 10, después ya veremos.

beloved

¿Seguís vivos? ¿Habéis llegado hasta aquí? Bien, me alegro, camaradas otacos. Tengo muchas ganas de hincarle el colmillo a Hana Monogatari (2013) de Mari Ozawa, pero me temo que tardará muchísimo en llegar a mi plato. Ains. Comentario random para finalizar la entrada. Je. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito IX: Lacónicos maravillosos

Para este noveno Tránsito he querido fusionar dos secciones. La que nos concierne por época del año y la dedicada a cortometrajes, los Lacónicos. Así que he seleccionado 5 relacionados con lo maravilloso, el terror o lo sobrenatural. No los he meditado mucho, pero sí he procurado que fueran diferentes entre sí para aportar más variedad dentro de la temática. Los 5 me parecen curiosos, cada uno a su manera; y ofrecen una visión diacrónica bastante interesante de las múltiples facetas que posee la animación japonesa, sobre todo en la escena independiente.

okamoto

Es una lástima que no podamos acceder a material de Tadanari Okamoto (1932-1990) con la misma facilidad que tenemos con otros creadores. Okamoto-sensei siempre será uno de los máximos referentes en animación independiente; y siempre procuró no repetir ni técnicas ni motivos ni métodos. Con él cualquier cosa era posible. Por eso no he querido dejar pasar la oportunidad de incluirlo en esta lista, aunque el corto en sí solo tenga de sobrenatural el personaje del kitsune. Me da igual. Lo meto porque sí y porque me sale del coño. Además el que también fue gran amigo suyo, Kihachirô Kawamoto, tuvo su espacio en los Tránsitos del año pasado. Okamoto no podía ser menos.

Okon Jôruri o La balada mágica (1982) de Tadanari Okamoto es requetefeténdelosfetenes. Una historia sobre la soledad de la vejez y la enfermedad. Pero ante todo sobre el egoísmo humano. Okon es un kitsune que con sus jôruri es capaz de sanar. Un jôruri es una pieza musical que hace especial énfasis en la historia narrada más que en su música. Se interpreta con un shamisen, que es el que utiliza Okon bajo la atenta mirada de una anciana campesina, Itako, postrada en cama. Los dos se hacen amigos pero, como muy bien nos ha hecho notar a lo largo de los siglos el folclore japonés, yôkai y humanos no pueden mantener una relación saludable. Tristeza nâo tem fim, pivetes.

Okamoto utiliza sobre todo el stop-motion y el papel maché para desarrollar Okon Jôruri, pero también de forma imaginativa intercala animación tradicional. Asimismo incorpora abundantes elementos del kabuki, que brindan más profundidad dramática. Es un cuento triste y muy conmovedor, fijo que os hará derramar alguna lagrimita.

shinagawa

Los amantes del escritor Howard Phillips Lovecraft ya estamos habituados a que sus adaptaciones, sean en el medio que sean, resulten digamos que… un poquito estrafalarias. Eso siendo amable. Hay excepciones, claro, pero hasta donde yo sé, sus relatos no han tenido todavía una película, una animación, un corto o un tebeo dignos de su transcendencia. Otro tema es la capacidad que ha tenido la obra de este escritor para inspirar a otros artistas a lo largo de las décadas. Me encanta El joven Lovecraft, por ejemplo, pero las adaptaciones en sí suelen ser irregulares. ¿Es el caso de este El horror de Dunwich y otras historias (2007) de Ryo Shinagawa? Pues un poco sí… pero no. Japón funciona a una frecuencia bastante distinta de Occidente; y la influencia de Lovecraft se ha dejado notar de muy bizarras e interesantes formas. Ya solo por eso la obra de Shinagawa merece un vistacillo.

Se trata de una colección de 3 cortometrajes basados en los cuentos El grabado en la casa (1920), El horror de Dunwich (1928) y La ceremonia (1923). Utiliza un stop-motion de arte decadente, muy lovecraftiano he de decir, pero de ricos y desgarbados detalles. El primero tiene todavía una fuerte impronta de Edgar Allan Poe; el segundo es uno de los celebérrimos del ciclo clásico de los Mitos de Cthulhu; y el tercero rinde homenaje a Arthur Machen. Amo sobre todas las cosas a Machen, ¿lo había dicho alguna vez? Pues me repito: Arthur Machen es M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-O. Volviendo al turrón, son tres adaptaciones bastante respetuosas con los originales. Les faltan, por supuesto, los millones de matices y pormenores de los relatos, pero son cortos decentes.

Shinagawa quiso otorgarles un compás lento, solemne; con planos muy estáticos donde el movimiento lo aportan la cámara o diversos elementos inanimados (la llama de una vela, el agua de la lluvia, el viento agitando cortinas, etc). Las marionetas permanecen inmóviles gran parte del tiempo, y sus expresiones varían bastante poco. Salvo en La ceremonia, los grises y tonos apagados son los predominantes; lo que unido a su ritmo pausado resulta perfecto para ambientar esos parajes fantasmagóricos de la Nueva Inglaterra de Lovecraft. Si no se conoce nada la obra del escritor, en mi opinión no son la tarjeta de presentación más adecuada. Sin embargo, para los fans seguro resultarán tres delicias entrañables.

tsuji

Kumo wo Miteitara o Mirando una nube (2005) de Naoyuki Tsuji es sin duda el corto más extraño de los 5. Forma parte de una trilogía que Tsuji-sensei dedicó a las nubes, 3tsu no Kumo, siendo el segundo de ellos. En el vídeo adjunto empieza a partir del minuto 3 y 40 segundos. Como la mayoría de la obra de este autor, el corto está realizado en carboncillo y es de ejecución muy simple. El argumento lo es más: un muchacho observa desde la ventana de su clase las nubes en el cielo, y aburrido decide dibujar una en su cuaderno. Lo que no espera es que su garabato cobre vida y salga del papel, invadiendo el mundo real, absorbiendo todo lo que le rodea. ¡Pánico en el colegio!

Mirando una nube encierra la esencia de las pesadillas. De ritmo lento pero inexorable, con una singularidad onírica, espectral, que Tsuji-sensei sabe marcar muy bien mediante borrones difuminados. El tiempo fluye como una enorme baba densa y sucia, arrastrando el pasado. Mención especial para la música de Makiko Takanashi, de una sencillez extrema también pero hipnótica. Me ha gustado mucho. No obstante me refiero a la que aparece en el DVD, en youtube no es la misma. De hecho la que tenéis aquí solo son efectos sonoros sin apenas melodía. Una lástima, porque ese bajo en obstinato y el lento arrastre de la púa contra las cuerdas otorgan un ambiente escalofriante. Muy logrado, sí señor.

akino

Se trata de un videoclip para el proyecto vocaloid Sasanomaly (Nekobolo es el capitán en realidad) del que no puedo decir nada bueno, así que mejor me callo. No me gusta su música, sin más. Y sí, me salto el OP de Natsume, como hago con el 99,9% de ellos, QUÉ PASA. La canción en sí cuenta de manera metafórica los problemas para expresar los sentimientos y emociones personales; también la ausencia de algunos, la confusión que provocan y la necesidad de aparentar. Nada nuevo bajo el sol de la hiper-reprimida (cada vez menos) sociedad japonesa. El vídeo se centra en la persecución amorosa de un hombre hacia una mujer, ambos se metamorfosean continuamente. Una para huir, otro para llegar hasta ella. El típico amor no correspondido desde la perspectiva masculina, la trampa de la vida que es el enamoramiento. ¿Qué sucederá al final? El clip también lo muestra, y su conclusión es pesimista y ambigua al mismo tiempo.

Lo que en realidad me entusiasma de The Synesthesia Ghost (2015) de Atsushi Makino es el concepto de mezclar distintas formas de animación e imagen en movimiento: taumatropos, cutouts, fenaquistiscopios, marionetas articuladas, flip books, animación con siluetas, libros pop-up, CGI, imagen real… Desde lo más antiguo hasta lo contemporáneo, pero guardando una estética vintage casi steampunk muy curiosa. Lo más importante del conjunto de la obra sin duda. Solo por eso merece la pena verlo, porque es precioso.

kataoka

Y cerramos, tal como hemos abierto estos Tránsitos, con una criatura del folclore japonés. Esta vez acudimos a nuestros traviesos amigos los tanuki, que tienen una habilidad similar a los kitsune: metamorfosearse (henge). Es el corto más antiguo de los recomendados y no por ello el menos atractivo. La década de los años 30 del s. XX suena muy, muy remota, ¿se hacía algo bueno entonces? Pues sí, amiguitos, se hacían muchas cosas buenas. Entre ellas este Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon (1935) de Yoshitarô Kataoka.

El cortometraje ahonda sus raíces en la historia y fábulas clásicas japonesas para llevar a cabo su argumento. El protagonista es, nada más y nada menos, que el general samurái Ban Dan’emon (1567-1615); y se ve inmerso en uno de esos fenómenos sobrenaturales que tanto abundan en las noches de Japón: el tanuki-bayashi. ¿En qué consiste el tanuki-bayashi? Pues tendréis que ver el cortometraje para saberlo, aunque el argumento es harto humilde. Nuestro campeón y borrachín Ban Dan’emon acepta el reto de vencer al bakemono que mantiene encantado un castillo, pero solo porque esos 1000 ryô de la recompensa le vendrán de perlas para conseguir sake. Nada más entrar, el ambiente fantasmal es bastante patente, pero a Ban Dan’emon, que no es solo un fanfarrón, le resbala. Atrapada en una enorme tela de araña, se encuentra una insinuante damisela a la que rescatará, pero ella no es lo que parece…

Como es de prever, tiene mucho de Félix el gato  y todas esas creaciones tan estupendas de Max Fleischer. Eran los referentes inmediatos de Yoshitarô Kataoka, ineludibles. La caricaturización, el humor grueso, la fantasía desmedida, etc.; aunque técnicamente utiliza recursos bastante avanzados y llamativos para la época. Shôjôji no Tanuki-bayashi Ban Danemon es una pieza de museo merecedora de nuestra atención, pues tiene un par de ases en la manga que continúan sorprendiendo incluso ahora.

Espero que disfrutéis de estos pequeños tesoros. He preferido no alargarme mucho para no daros la chapa como de costumbre. A veces puedo ser breve, ¿eh? Si surge algún problema con la reproducción de los enlaces, avisadme en comentarios, por favor. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Tránsito VIII: La familia Poe

Y hemos alcanzado ya esa época del año donde los Tránsitos reaparecen. Esa pequeña sección enfocada en el terror, lo sobrenatural, lo fantasmagórico. Son temas que me gustan mucho, así que tampoco es extraño toparse con ellos por el blog; pero a partir de ahora hasta el 2 de noviembre serán más abundantes. O esa es mi intención. El año pasado tuvimos nada más y nada menos que siete tránsitos dedicados al cine, literatura, manga y anime. Este 2017 procuraré algo similar, aunque la escasez de tiempo no me permitirá una dedicación como la que me gustaría.

Aprovechando que, ¡por fin de los porfines!, Tomodomo publica este 31 de octubre ¿Quién es el 11º pasajero? (de cuyo anime escribí aquí), manga que llevo esperando desesperada todo el año, inauguro los tránsitos 2017 con una obra de la misma autora, Môto Hagio. Una obra que se llevó, junto a esta, el galardón Shôgakukan al mejor shônen del año 1976. Hagio-sensei fue premiada por partida doble. Aunque antes debo advertir que no voy a escribir una reseña del tebeo completo, simplemente porque no he conseguido leerlo todavía. Así que esta entrada, aparte de estar dedicada a los 9 episodios de 15 en total que hay rulando por internet, es una humilde petición para que alguna editorial del sector se atreva a dar el paso y publicar en español este clásico del shôjo. Si existen ediciones en polaco e italiano, no veo razón para que el público hispanohablante, mucho más numeroso, no pueda conocer este tebeo histórico. Ah, que cuál es el manga. Mis disculpas: Poe no Ichizoku (1972-1976) o La familia Poe.

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Portada del cofre de la reedición limitada especial 40 aniversario

Como indica la ilustración, se trata de un manga que consiste en 5 tankôbon y 15 capítulos. En sucesivas ediciones se acortó el número de volúmenes, y las polacas e italianas, por ejemplo, constan solo de 2. Este año se anunció la publicación en diciembre de dos episodios más bajo el nombre de Haru no Yume. La información suministrada es que la acción tendrá lugar en Gales en 1944, con un personaje nuevo femenino de origen alemán. ¿Esperaba Môto Hagio que La familia Poe tuviera esta enorme repercusión? Yo diría que no, pero eso no la amilanó y continuó creando un cómic la mar de extraño. Hizo un poco lo que le dio la gana, y eso es maravilloso. No hay nada más atractivo (al menos para mí) que la libertad creativa. Y en esos momentos el Grupo del 24, del que formaba parte Hagio-sensei, estaba haciendo literalmente historia. Esto no quiere decir que nuestra querida mangaka estuviera partiendo de tabula rasa; el mundo del shôjo ya existía, pero poseía unas características alejadas de lo que el Grupo del 24 tenía en mente. Eran sobre todo obras de orientación conservadora y escritas por autores masculinos (aunque había excepciones), y Môto Hagio junto a sus colegas querían ampliar los horizontes de la demografía. Aun así, las influencias de Osamu Tezuka y otros creadores eran inevitables (y necesarias). En el caso de este Poe no Ichizoku, la propia Hagio reconoció que le sirvió de inspiración la colección de cuentos Ryûjin Numa (1964), del gran Shôtarô Ishinomori. En concreto el número 4 de la recopilación, titulado La niebla, la rosa, la estrella. Una historia que me recordó muchísimo a la Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu. Y de aquellos polvos vienen estos lodos… aunque para bien.

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“Kiri to Bara to Hoshi” (1964) de Shôtarô Ishinomori

Poe no Ichizoku tiene de protagonistas iniciales a Edgar y Marybelle, una pareja de hermanos huérfanos que fueron convertidos en vampiros a temprana edad, por lo que permanecieron inalterables en sus 14 y 12 años. Cómo llega a suceder es algo que en los 9 capítulos que he leído no se aclara, aunque parece que es su familia adoptiva, los Poe, los responsables de su transformación. Pero el manga en realidad no sigue un orden cronológico, empieza con los dos hermanos viviendo como hijos de otra pareja de vampiros, los condes de Portsnell. Los cuatro simulan ser una familia normal, trasladándose de un lugar a otro de forma regular para no despertar sospechas. Suspicacias por las consecuencias de sus hábitos alimenticios y la falta de cambios en los adolescentes. Además Marybelle tiene una naturaleza bastante delicada, y representa una fuente de preocupación para todos. Esta vida itinerante les obliga a ser extremadamente cuidadosos, sin embargo Edgar está muy harto de toda esa situación desde hace tiempo. Busca refugio en la compañía de un compañero de colegio, Allan Twilight, del que termina enamorándose. Atención: La familia Poe no es un manga yaoi aunque se sugieran y emerjan ciertos elementos. Edgar y Allan además son más bisexuales que otra cosa, y su relación no acapara el protagonismo del cómic. Al menos hasta el episodio 9. Pero es innegable que esos elementos que aparecen son un precedente a tener en cuenta dentro de la historia del género.

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Edgar y Marybelle

Si habéis leído alguna vez una novela gótica, La familia Poe no os sorprenderá, porque tiene muchos de sus ingredientes: grandilocuencia e hipérbole emocional, escenarios tenebrosos, la consabida falacia patética, argumento rocambolesco, circunstancias sobrenaturales, erotismo velado de alta intensidad y sobredosis de misterio. Como fan de este género, fue un placer encontrar muchos de sus tópicos tan bien representados y, muy importante, sin caer en la parodia. Pero reconozco que no es una variedad del terror que suela gustar, y menos al público profano. Se ha caricaturizado tanto a lo largo del tiempo (porque se presta a ello, no obstante) que comprendo resulte algo difícil tomárselo en serio. Pero sigue siendo uno de los pilares fundamentales del horror moderno, y Môto Hagio en La familia Poe lo conjugó sabiamente con el Romanticismo y la renovación que supuso para el género Edgar Allan Poe.

No es fortuito que Hagio-sensei eligiera un título así para su obra, es un homenaje claro al escritor bostoniano, una declaración de principios donde encontraremos la truculencia tan característica de este autor, reflexiones sobre la muerte, la culpa, los deseos, etc.; y la omnipresente figura femenina lánguida, pasiva. De deslumbrante belleza aunque moribunda. No llega a los abismos metafísicos de Poe, pero lo encontramos muy presente junto a otras referencias, más dispersas, de espíritu victoriano como el Prerrafaelismo.

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“La Ghirlandata” (1873) de Dante Gabriel Rossetti

La estructura no lineal del manga sigue las directrices de los clásicos relatos breves de terror del s. XIX. Podrían ser episodios autoconclusivos en los que se nos narra, cada vez, una historia particular en la larga existencia de estas criaturas; pero en realidad se encuentran engarzados, formando una crónica completa. Al principio desde el punto de vista de un humano, que nos presenta a los monstruos en diferentes momentos del tiempo. El marco social de sus personajes, como es de esperar, pertenece al de la alta burguesía o la nobleza; y no tiene reparos en manifestar sus abundantes prejuicios de clase, que forman parte del drama. Pero no solo se centra en la fantasía oscura del cuento de vampiros, sino que Hagio-sensei contextualiza las tramas y subtramas acudiendo al realismo.

Existe una clara dicotomía: el mundo eterno, casi etéreo, pero siniestro del vampiro; y el mundo humano, trivial y en perpetuo cambio. Su eventual (e ineludible) confluencia es el origen de todo conflicto. El vampiro de Hagio, aunque no es un depredador psicópata, posee una fascinación hipnótica para los humanos, que caen bajo el hechizo de su juventud y delicadeza sin remedio. Sin embargo, también la criatura sucumbe a la fascinación de la belleza fugaz humana. Camina a la luz del sol y lleva una existencia más o menos disimulada, pero siempre distante. Y no es para menos, las consecuencias del encuentro de esos dos mundos suelen ser imprevisibles. ¿Cómo enfrentar desde una perspectiva racional la existencia de unos seres inmutables, sin aparente vida y que se alimentan de sangre? Es la variedad de reacciones humanas a este hecho extraordinario el centro de la mayoría de los capítulos y, a través de ellos, conocer más sobre las vicisitudes de Edgar y Allan, los personajes centrales. Efectivamente: Edgar Allan… Poe.po2

Hace falta armarse de paciencia para ojear este manga, porque tanto por su arquitectura como por la gran cantidad de personajes y hechos que se suceden, es necesaria cierta atención. No se trata de un tebeo convencional y, a pesar de que en realidad no es una obra complicada, requiere una lectura activa. La familia Poe es melancólica y poética, resulta asombroso que años después las sagas exitosas de Anne Rice, Whitley Strieber o Stephenie Meyer repitieran en sus novelas conceptos idénticos a los que podemos encontrar en este manga. En el primer caso de una forma muchísimo más afortunada que en la tercera. Las semejanzas con Entrevista con el vampiro (1976) son extraordinarias. Podemos afirmar que este tebeo se adelantó a su tiempo en muchos aspectos, y aunque el arte sí ha quedado desfasado, continúa siendo una obra perfecta para todos aquellos que sean amantes de la novela gótica y los vampiros. También es verdad que el que busque “pasar miedo” con La familia Poe no lo conseguirá. Aunque utilice las moléculas del género, su objetivo no es asustar. Se trata más bien de un manga melodramático, con mucho de folletín y algo de romance, pero bastante inofensivo.

Me habría gustado contar alguna cosa más sobre La familia Poe, pero como os indicaba al inicio, no he podido finalizar su lectura ya que he sido incapaz de encontrarlo. Si alguien logra hallar este manga completo, me sentiría muy agradecida si dejara algún comentario. Mientras, solo resta esperar a que alguna editorial se anime a publicarlo. ¡¡¡Por favor!!! Desconozco cómo finaliza y qué sucede con sus personajes principales; tengo muchos interrogantes que en los 6 capítulos restantes seguro conseguiría despejar. No es que se haya quedado a mitad de una trama emocionante, porque este cómic no tiene ese tipo de disposición, y además es pausado. Pero faltan datos. Deduzco que son los relacionados con el pasado lejano y el presente, pero no sé más.

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¿Merece la pena comenzar este tebeo a sabiendas de que no es posible leer los últimos capítulos? Ya lo creo que sí. La familia Poe, aparte de ser un clásico a reivindicar, resulta que es ameno y cuenta una historia de historias bastante buena. Es como una matryoshka, dentro de ella hay más y más y más. Eso sí, como shôjo primigenio, hay flores y pétalos al viento que embisten a traición continuamente. Lo digo por las alergias. Y tampoco es justo ni adecuado aproximarse a él con la típica actitud cínica posmoderna (qué lacra, dios mío). Es una obra del año 1972, juzgarla según nuestros parámetros de principios del s. XXI sería una tremenda gilipollez. Así que Poe no Ichizoku exige un poco de esfuerzo. No mucho, pero algo sí. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.